1. Con ayuda de mi suegro


    Fecha: 06/11/2018, Categorías: Incesto, Infidelidad, Autor: Sandra_lujuria, Fuente: CuentoRelatos

    Mi matrimonio de 10 años pasaba por un mal momento económico. Mi marido se había quedado sin trabajo y mi sueldo de medio tiempo como recepcionista no alcanzaba para cubrir todos los gastos. Habíamos llegado a fin de mes con los últimos mil pesos que nos quedaban de la liquidación de Roberto y las cosas parecían ponerse peor. Mis suegros, que siempre han sido un amor conmigo, nos propusieron que nos fuéramos a vivir con ellos y a la siguiente semana hicimos la mudanza. Roberto dejó de buscar trabajo, en buena medida, porque al estar de vuelta en su casa paterna, se sintió cómodo en su mediocridad y mi suegra lo consentía como si fuera un niño. Incluso le lavaba la ropa. La actitud de ambos me molestaba y me hacía sentir tan mal, que pronto mi apetito sexual por mi marido desapareció. Los primeros días sin sexo los sobrellevé bastante bien. Me sentía apenada por la situación con mi pareja, pero mi trabajo me ayudaba a distraerme. Como fue pasando el tiempo, mi vagina empezó a darme problemas. Sin querer me excitaba cuando veía la acostumbrada telenovela de la noche, y pasaban las ridículas escenas íntimas en donde una raquítica actriz se besuqueaba con un hombre con pechos más grandes que los de ella. También me incomodaba cuando en el trabajo, alguno de mis compañeros me decía algún piropo, por muy inocente que fuera, porque me ponía húmeda al instante. Tomé la costumbre de masturbarme a escondidas en el baño de visitas de la casa de mis suegros al menos una vez por semana. ... Pero eso solo aliviaba mi apetito solo por algunos días. Necesitada de afecto y atención (por llamarlo así. Lo que necesitaba era sexo), no aguanté más y decidí buscar a un tipo con el que anduve hace como cinco años, en la escuela. Mario me encantaba en ese entonces y cogía como un dios. Lo terminé cuando conocí a Roberto, quien supo seducirme y me casé con él. Busqué a Mario en mi Facebook y lo contacté. Me sentí culpable en cuanto envié a Mario el primer mensaje. “No debería estar haciendo esto. Pobre Roberto” pensaba mientras por otra parte esperaba con ansias la respuesta de mi ex novio. De nuevo mi vagina estaba húmeda “Es solo un mensaje. Tranquila” pero como estaban las cosas, por mucho que tratara de confortarme, no podía controlar mi instinto. Me era difícil aceptar que a mis 42 años me pudiera sentir nerviosa como una quinceañera. Quedé con Mario para vernos el sábado siguiente porque era el único día que a él le acomodaba. Lo vería después de que él visitara a su hermana menor, una madre soltera veinteañera que yo apenas recordaba como la pequeña Luci. Tuve que inventarme una entrevista de trabajo para justificar con mi marido y mis suegros que me saliera de su casa tan arreglada al medio día de un sábado. Me había puesto un vestido azul claro que se pegaba a mi cuerpo aún bastante apetecible y capaz de despertar el deseo de los hombres como me habían demostrado mis compañeros de trabajo con sus constantes intentos de invitarme a salir. Por mi mente nunca había ...
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