1. África profunda. Muy profunda


    Fecha: 07/11/2018, Categorías: No Consentido, Hetero, Autor: Ícaro_libre, Fuente: CuentoRelatos

    Fui voluntaria de Cruz Roja Internacional. Hoy tengo 54 años, veinte más, que cuando ocurrieron estos hechos. Corría un frío día de junio 1994, cuando terminé un noviazgo que, faltando poco para pisar el altar, se derrumbó ante la evidencia de una infidelidad de muchos años. Ese hecho me marcó profundamente, dejándome muy resentida. Nada quería saber de novios, ni de parejas, ni de familia. Vagué un buen tiempo sin saber exactamente qué hacer. Fue entonces cuando se me presentó la oportunidad de viajar a África, junto a un equipo expedicionario de buena voluntad, que se destacaría en Nyanza Lac, al sur en Burundi, una de las zonas más pobres del África, azotada por el hambre y la guerra. En realidad, lo que buscaba era huir del dolor y la frustración que me dejó mi “casi matrimonio”. Bien pude haber escogido un destino más seguro, o menos aislado, sin embargo, buscaba encontrar en el sufrimiento ajeno, una forma de compensar mis pesares. Claramente no me encontraba al cien por cien en mis cabales, cuando tomé esa decisión, y fue a la postre una mala idea. Era un equipo de cinco personas, Roberto, médico y jefe del grupo; Andrés, también médico, Ian y Matías, paramédicos; y yo, Sussana, enfermera y traductor intérprete en francés. El equipo, con una media de 35 años de edad, era más bien joven y traducía esa juventud, en deseos de ayudar a la población nativa. La idea era relevar al equipo residente en Burundi, durante 9 meses a un año, hasta que llegara un nuevo grupo ... médico. Esos meses para mí, fueron muy duros: no estaba acostumbrada a la vida en la selva, no me era cómodo convivir sola entre hombres, la alimentación, las condiciones climáticas y la lejanía, fueron muy difícil de sobrellevar en un principio. Con el paso del tiempo, me fui acostumbrando al calor, la humedad, los insectos, la comida y este grupo de hombres, que al principio me miraban con un poco de lujuria, pero con discreción. Como fuese, a las pocas semanas, pasé a ser un ente asexuado si se quiere; sin maquillaje, sin ropa provocativa, sin desodorante y sin un baño regular, yo no era un objetivo posible. De hecho, por seguridad, procuraba “afearme” un poco, a fin de no provocar la lasciva de mis compañeros ni de los aldeanos. Normalmente teníamos contacto con la gente de las tribus vecinas. Eran pacíficos y colaboradores, sin embargo las reglas eran claras: primero: nunca, nadie, podía andar solo, y, segundo: nunca, nadie, podía salir al anochecer de la aldea. Hacer lo contrario, simplemente era muy peligroso, ya que las rencillas entre las tribus eran permanentes, y en ocasiones se producían combates, que si durante el día eran muy peligrosos, en la oscuridad de la noche podían ser mortales. Había pasado una semana más bien tranquila. Normalmente nos turnábamos para descansar y ese día me tocaba libre, sin embargo, cerca de las cinco de la tarde, nos informaron que necesitaban nuestra ayuda. Unos niños llegaron corriendo a nuestro campamento base, avisando de un ataque ...
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