1. Conyugues intoxicados, conyugues encamados.


    Fecha: 08/01/2019, Categorías: Infidelidad, Autor: Anónimo, Fuente: SexoSinTabues

    Mariel, mi esposa y Héctor compartieron un colchón de arvejas en el almuerzo, Florencia, la esposa de Héctor, y yo, el colchón del departamento alquilado. Los cuatro maduritos, algo más de 45 años, sin llegar, ninguno, a los 50, decidimos irnos juntos un fin de semana largo a la provincia de Entre Ríos, sin los hijos (adolescentes, ellos encantados de “deshacerse” de los padres) Arreglamos el alquiler de un departamento por la web y salimos de tarde, en nuestro auto, con la idea de cenar en la ruta, para, al llegar a destino, acostarnos temprano y aprovechar las aguas termales desde las primeras horas del día siguiente. Pero a la mañana, ambos, Mariel y Héctor, con poca diferencia de tiempo, comenzaron a sufrir trastornos de la palabra, visión doble, cólicos abdominales, fiebre, escalofríos, dolor de cabeza, náuseas y vómitos Alarmados los trasladamos a la guardia de una clínica. Por suerte la atención fue casi inmediata. Convocaron a un profesional de experiencia que nos comunicó que el cuadro tenía algunos síntomas de una intoxicación infrecuente– botulismo – y nos consultó por la ingesta, compartida, en las últimas horas. Concluyó que, con toda probabilidad el contagio provino de las arvejas, del plato denominado “colchón de arvejas: arvejas levemente saltadas, coronadas con uno o dos huevos fritos, que ambos habían ordenado en la cena. Quedaron internados. A la tarde, nos tranquilizaron: en ninguno de los dos la intoxicación revestía gravedad – descartaban que fuese ...
    botulismo– y nos invitaron, a dejar los dos pacientes a su cuidado y tratar de aprovechar, nosotros, las termas. Ayudados por la insistencia de nuestros conyugues – juraban sentirse mucho mejor y deseaban dormir la siesta– nos fuimos para merendar. De común acuerdo convinimos hacerlo en la cantina del complejo termal que estaba muy cercano al departamento y a la clínica, para aprovechar las entradas prepagas al mismo. Llevamos los trajes de baño y nos cambiamos en los vestuarios. La breve inmersión, la posterior merienda, con ese exiguo vestuario de ella, fue la semilla de la amena y placentera “maldad” que cometeríamos después. Mi mujer me satisface, sí. Pero desde mucho Florencia me tenía bastante intrigado. Había sorprendido sus miradas de reojo, sus sonrisas, con frecuencia me cruzaba el deseo de probar esa boca, acariciar su piel, y besársela para saber cómo sabía su carne. Claro que eran apetencias prohibidas con una amiga, esposa de un amigo. De regreso a la clínica, encontramos a nuestras parejas tranquilas y animadas. Lamentaron habernos arruinado el fin de semana largo. Ni ellos ni nosotros imaginábamos que era, casi todo, lo contrario. Nos retiramos con una sensación de alivio. Fuimos a cenar a un restaurante. Durante la cena y la sobremesa conversamos, en general y también sobre nosotros – nuestras familias – y rozamos algunas intimidades. Hubo dos conversaciones paralelas, la de las palabras y la de las pupilas. Nos fuimos a acostar, sin hacer explícito el contenido ...
«123»