1. Belzeba I. Mi nombre es legión


    Fecha: 18/02/2019, Categorías: BDSM Fantasías Eróticas Autor: Lib99, Fuente: CuentoRelatos

    Los gritos de dolor reverberan a través de la llanura del Tártaro como una crispada y angustiosa sinfonía, la banda sonora de la incandescente atmósfera que asfixia aquel universo sin luz. Los llantos ascienden hacia la cúspide de la solitaria e interminable torre que domina el desierto extendido en todas direcciones –si este concepto conserva algún significado en tan desolado lugar–, franqueado por las quebradas y monstruosas Montañas de la Locura. En lo alto de la atalaya una majestuosa figura extiende sus alas de blancas plumas, mostrando indolente su desnudo cuerpo de perfecta anatomía. Su cabellera rubia y ondulada es mecida por la corriente de aire generada por los efluvios que emergen de los cráteres de lava, impregnada de un inconfundible y corrosivo aroma a sulfuro. Sus ojos, de un azul casi transparente, auscultan toda la extensión de sus dominios hasta el inexistente horizonte, disfrutando una vez más de la dodecafónica belleza que componen los llantos de la legión de condenados. Se mueve lento y seguro, como un felino disfrutando de su propio poder, balanceando su pene al caminar junto al borde de la plataforma sobre la que se alza su trono. –¿Señor? –¡Ah! Mi buen Baalzephon; y mi querida Alouqua –la voz resuena como un grave tañido de campanas–. ¿Qué me traes aquí? A un gesto del demonio su compañera empuja a la mujer, arrojándola a los pies de la alada figura. El desnudo cuerpo tiembla acurrucado, sin atreverse a alzar la mirada. –Su nombre en el mundo era Sor ...
    ... Suplicio de los Sagrados Clavos de Cristo. Acaba de llegar a nosotros desde el Purgatorio. –¿Su pecado? –Creo que ha completado la lista –informa irónica Arouqua–. Aunque ha destacado en avaricia y lujuria. Fue abadesa de un convento, que servía como hospicio para niños huérfanos. A éstos les vendía como mano de obra barata, o para satisfacer los peores instintos de sus compradores. Además le gustaba reservarse a los más apetitosos para saciar sus propias depravaciones. Tras fallecer, sin embargo, la Iglesia comenzó su proceso de canonización. –¡Vaya, vaya! –Comenta con sorna el Señor del Inframundo–. Me parece que vas a encajar perfectamente aquí, hermana. ¡Alza la vista! La mujer, paralizada por el terror, no hace ademán de obedecer –¡Puta hipócrita! –Brama la diablesa agarrando a la monja por su corto cabello– ¡Obedece la orden de tu señor! La mirada de la abadesa asciende por las poderosas piernas del Ángel Caído, como modeladas en mármol, hasta alcanzar el largo pene que descansa relajado sobre la imberbe bolsa testicular, coronado por un triángulo de vello púbico que asemeja un rubio y rizado tridente. Su plano abdomen da paso a unos pectorales fuertes y viriles, y sus brazos, largos y musculados, aguardan en jarras sujetando sus estrechas caderas. Cuando la vista de la mujer se cruza al fin con la implacable mirada del Señor de los Infiernos, siente como si se asomara a un abismo sin fondo. Y pese a todo su pavor, pese a la conciencia de ante quién se halla postrada, no ...
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