1. La reeducación de Atrana (27)


    Fecha: 15/04/2019, Categorías: Dominación Lesbianas Autor: señoreduardo, Fuente: CuentoRelatos

    Amalia estalló en ira al enterarse de que Lucía había puesto a Areana al borde de ser expulsada de la escuela. -Acá se hace exactamente lo que yo ordeno y esta pendeja desubicada se excedió. Voy a ponerla en caja inmediatamente. –se dijo y la llamó al celular: -Me enteré de lo que hiciste, pelotuda. -Ah, hola… hola, señora… ¿Qué… qué hice de malo?... -¡¿Y todavía te hacés la burra?! –se indignó Amalia. -¡Casi la hacés expulsar de la escuela a Areana! -Pero… -¡PERO NADA! –bramó el Ama. -¡TE VENÍS PARA ACÁ INMEDIATAMENTE! -Está bien, señora… -aceptó Lucía temblando de miedo ante lo que presagiaba el tono de Amalia. Media hora después comparecía ante ella en el living del departamento, donde también estaban Milena y Marisa. -Señora, yo… yo… -balbuceó atemorizada. -Callate, pendeja de mierda. –la cortó el Ama y se dirigió a sus asistentes: -Chicas, vamos. –y entonces Milena y Marisa tomaron de los brazos a Lucía, que temblaba, y la condujeron a la Sala de Juegos precedidas por Amalia. Al entrar en el recinto, la pobre se puso a patalear y sus ruegos se hicieron gritos mientras trataba inútilmente de liberarse de esos brazos que la sujetaban con firmeza. -Dejá de alborotar, pendeja, o va a ser peor. –le advirtió Amalia, que inmediatamente ordenó a sus asistentes que la desnudaran, ante lo cual la resistencia de la chica se intensificó. Debieron entonces aplicarle algunos puñetazos en el estómago para, por fin, doblegarla. -A la cruz. –indicó el Ama y sus asistentes arrastraron a ...
     la llorosa Lucía hacia la cruz de San Andrés, donde la sujetaron de espaldas a ellas por muñecas, tobillos y cintura. -No, señora… por favor, no… Perdón, perdón le pido… -decía la adolescente entre lloriqueos que, por cierto, no conmovían ni al Ama ni a sus asistentes. -Vos, Marisa, tapale los ojos. -ordenó Amalia y la asistente lo hizo con un antifaz ciego. El miedo creció en Lucía al sentirse cegada, más indefensa aún. Era visible el temblor que la sacudía y que excitaba el lado sádico de Amalia y sus dos asistentes. -Vos, Milena, agarrá una vara. –Y Milena casi corrió para descolgar de la pared una de ellas y volver a ubicarse prestamente a espaldas de Lucía. -Vos, Marisa, una paleta, elegila bien gruesa. -Sí, señora. –dijo la asistente torciendo su boca en algo parecido a una sonrisa. Tomó entonces de uno de los estantes una paleta con un largo de treinta centímetros, sin contar el mango, un ancho de trece y un grosor de un centímetro y medio. Marisa la sopesó dándose un leve golpecito en la palma de su mano izquierda y sonrió perversamente satisfecha al imaginar el daño que el instrumento causaría en tan hermoso culito. Volvió a su puesto, tras la adolescente sujeta a la cruz de San Andrés, y fue entonces que Amalia llamó a ella y a Milena con un gesto de su mano derecha. Esto les dijo en voz baja cuando ambas se le acercaron: -Presten atención. Voy a dirigir la paliza. Miren mi brazo derecho, lo voy a alzar y ustedes pegan cuando lo baje. Esto para que las pausas entre ...
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