La Farmacéutica II
Fecha: 27/02/2025,
Categorías:
Sexo en Grupo
Autor: Carmen Van Der Does, Fuente: TodoRelatos
Con la cabeza apoyada en el cristal de la puerta trasera del taxi, Isabel estaba perdida en su mundo. Ella que había tenido hasta hace poco una vida más o menos tranquila pero a la vez tediosa, sentía que había sucumbido. Dicen que la mejor manera de librarse de una tentación, es caer en ella. Y ella lo había hecho. No se arrepentía de nada, pero tampoco estaba muy tranquila. El fuego es lo que sigue a la chispa, y eso era lo que tenía con Ariel, fuego. Pero a la vez se sentía como dentro de un bosque oscuro, porque había abandonado el camino recto.
Y en esos pensamientos estaba cuando el taxista se giró y le informó que habían llegado al destino. Se dirigió al portal del edificio siguiendo las señas que el anónimo le había enviado a la farmacia.
Era una edificación antigua, de los años 60, pero bien conservada. Como esperaba, el portal estaba abierto y se encaminó al primer piso. Tal y como ponía la nota, encontró la llave de la puerta en la parte superior del marco. El piso estaba semivacío, sólo pudo ver algunos muebles viejos. Las ventanas estaban tapadas con el papel marrón que se usa para embalar cajas, y le daba a la casa un ambiente apagado –a pesar de ser las cuatro de la tarde-, pero muy morboso. Isabel era muy obediente, así que sin encender ninguna luz caminó por el largo pasillo hasta la habitación del final. Una cómoda, una mesa y tres sillas, acompañando una gran cama con un cabezal de madera labrada, que Isabel pensó que era como la que tenía su abuela ...
... en la casa del pueblo. Encendió un buen número de velas, hasta darle a la habitación una calidez con la que Isabel se sintió cómoda, todo lo cómoda que se podía sentir en aquella situación. Se sentó al borde de la cama y cruzó las piernas, se vendó los ojos con el paño de seda negra que había sobre la mesa, y se reclinó hacia atrás su cuerpo apoyándose en los brazos.
No pasó mucho tiempo, hasta que sintió como unas manos la ayudaron a ponerse de pie. La nota anónima que leyó en su oficina de la farmacia era muy clara, bajo ningún concepto debía decir nada, simplemente dejarse llevar. Y eso hizo, se dejó llevar mientras aquellas manos le aflojaban el cinturón de su gabardina. Ésta cayó al suelo a la altura de sus tobillos, dejando su cuerpo semidesnudo, simplemente con sus bragas y el sujetador, tal y como decía la nota escrita en una hoja de texto de ordenador. Trató de conservar la serenidad, pero no pudo evitar que su corazón latiera con más fuerza a cada minuto que pasaba en aquella situación. Las manos anónimas acariciaron sus pechos por encima del sujetador. La piel se le erizó…y los pezones también. Isabel comprobó que era cierto aquello de que cuando uno de los sentidos se pierde, los otros se agudizan. No podía ver, pero el oído, el tacto y el olfato los tenía a toda máquina. El nerviosismo la invadió cuando sintió otra presencia, esta vez detrás de ella. Mientras alguien le desabrochaba el sujetador, otra persona se había puesto de rodillas a la altura de su sexo, ...