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Altitud de placer
Fecha: 12/02/2026, Categorías: Hetero Autor: Traviesa, Fuente: CuentoRelatos
... abandonado, lo suficientemente lejos del radar civil y con bloqueo satelital activado. Su silueta se marcaba entre sombras. Camisa blanca abierta, pantalones ajustados, las botas manchadas por el lodo volcánico. —Pensé que no llegarías, Tango-Romeo —dijo él sin moverse. —Siempre aterrizo donde me necesitan… —respondió, y dejó caer su mochila a un lado—. Pero esta vez no vengo por datos, ni misiones. Vengo a descargar una urgencia que solo tú puedes controlar. Se acercó a él sin más palabras. El olor a sal y queroseno los envolvía. Lo besó como si la guerra estuviera por estallar en la siguiente hora. Él la giró de golpe, empujándola contra la pared del hangar. Sus manos bajaron por el uniforme hasta encontrarse con el pantie negro que se ocultaba debajo. La desnudó de un tirón. —Toma esto —dijo ella, y metió su propia prenda interior en la boca de él, obligándolo a saborear su esencia. El controlador no protestó. Solo gruñó. Ella tomó el control, lo arrodilló, le quitó el cinturón y lo montó sin previo aviso. El primer contacto fue húmedo, envolvente, pero no buscaba dulzura. Su pelvis marcaba el ritmo como un radar guiado a su objetivo. —¿Quieres entrar en zona restringida, capitán? —susurró ...
... mientras lo miraba con ojos de piloto suicida. Él asintió, sin poder hablar. Ella lo guio lentamente, introduciendo el lubricante que sacó de un compartimento secreto de su traje de vuelo. Se apoyó en una caja de herramientas, bajó las caderas y lo dejó entrar por la vía menos explorada. —Tócamelo así —ordenó mientras lo sentía avanzar milímetro a milímetro—. Dame ese empuje de emergencia, rompe el protocolo. Los jadeos eran como interferencias de frecuencia, amplificándose con cada embestida profunda. Él la sujetaba por la cintura con fuerza, con urgencia. Cada movimiento la dejaba sin aire. —¡Más, más fuerte! —gritó ella con el rostro contra el metal—. ¡Hazlo como si esta fuera nuestra última misión! Los pájaros chillaban fuera del hangar. Las palmeras crujían. Pero dentro, el tiempo se detuvo. Se corrió en un grito agudo y tenso, como si una línea de transmisión se cortara abruptamente. Él la siguió segundos después, mordiéndose la lengua con la tela aún en la boca. Ambos cayeron al suelo metálico, exhaustos, cubiertos de sudor y sal marina. —Jamás pasaría este polígrafo —dijo ella entre risas. —Ya no estamos en frecuencia abierta —le contestó él mientras le quitaba la tela de la boca.