1. Entre árboles y encaje


    Fecha: 05/03/2026, Categorías: Transexuales Autor: Alfaro, Fuente: TodoRelatos

    Me gusta vestirme de chica. Sentir el encaje rozando mi piel, el peso suave del vestido, el cosquilleo de las medias al subirlas. Me excita la idea de convertirme en ella… aunque sea por un rato. Caminar como mujer, ser mirada como mujer, y ser deseada y tomada como una mujer.
    
    Por eso hoy elegí un rincón escondido, donde el bosque se abría hacia el mar, donde no pasaba nadie… o eso esperaba.
    
    Llevaba la ropa en una mochila: el vestido corto, las medias, el conjunto de lencería, los tacones bajos. Me vestí despacio, con la piel desnuda erizándose al contacto de cada prenda. Me gustaba hacerlo allí ya había estado otras veces, al aire libre, sintiendo el peligro de ser vista, el viento acariciándome las piernas, el sol filtrándose entre las ramas.
    
    Me sentía deseable, provocadora. Completa.
    
    Me apoyé contra un tronco, saqué un pequeño espejo y pinté mis labios. Y entonces, lo escuché.
    
    Un crujido entre las hojas.
    
    Alguien me estaba mirando.
    
    Me giré despacio. Él estaba allí, apoyado en un árbol, observando cada curva, cada detalle de mi ropa, cada parte de mí que había decidido mostrar. No dijo nada. Solo se acercó, sin prisa, con esa mirada que lo decía todo.
    
    Yo no me moví. No quería.
    
    Su mano fue directa a mi cintura. Me giró, me pegó al tronco. Sentí su cuerpo firme contra el mío, su aliento caliente en mi cuello, y su mano bajando por mi muslo hasta levantarme la falda.
    
    -Gemí. Bajito, pero claro.
    
    Me acarició por encima de la braguita, y luego ...
    ... sin barreras, con los dedos húmedos, calientes, firmes.
    
    —Así te gusta? —me susurró al oído.
    
    No contesté. Solo arqueé la espalda, ofreciéndome.
    
    Me la bajó de golpe. Yo jadeaba, apoyada, temblando. Me abrió. Me la metio. Sin preguntar, sin avisar, duro y profundo.
    
    Mis manos agarraban fuerte el tronco del primer dolor. Su mano en mi boca, para que no gritara.
    
    Me follaba con rabia, con deseo contenido. Y yo me dejaba. Me abría. Me entregaba.
    
    No era la primera vez que me pasaba algo así, pero sí la segunda. Y, esta vez, quería más.
    
    Sus embestidas eran salvajes. Me empujaba contra el árbol como si quisiera marcarme. Cada vez más profundo, más fuerte. Sentía cómo me llenaba entero, cómo su cuerpo se apoderaba del mío.
    
    Me agarraba de la cintura, me mordía el cuello.
    
    —Eres una puta preciosa —susurró con voz ronca.
    
    Yo solo gemía, con la cara pegada a la corteza, el maquillaje ya borrado, la braguita colgando de un tobillo y las medias bajadas.
    
    Me agarró de las caderas con fuerza, me dejó bien abierta y empezó a darme con ritmo brutal. Yo ya no sabía si lloraba de placer o de exceso.
    
    Mis piernas temblaban. Sentía su piel sudada contra mi espalda, su polla entrando con fuerza, chocando con mis entrañas.
    
    Me habló, diciéndome lo que me estaba haciendo.
    
    —Te gusta que te usen así, eh? Que te follen como la putita que eres…
    
    Yo asentí jadeando. Quería más. Lo necesitaba.
    
    Me metió los dedos en la boca, me los hizo chupar. Me corrí sin tocarme, ...
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