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Para que papá me vea
Fecha: 30/05/2026, Categorías: Incesto Autor: Mica29, Fuente: CuentoRelatos
Amanece y el sol, descubre con su luz, a Micaela que regresa de una fiesta en la playa. Lugares de vacaciones que tantas colas han visto, apretadas en pequeños pantaloncitos o sugeridas en las telas más finas de los vestiditos. Tetas blancas en escotes de mujeres recién llegadas, tetas con la marca del biquini que estuvieron toda la tarde al sol, piernas jóvenes cruzando por las avenidas, esperando recostadas en autos lujosos. Pueden olerse los pequeños detalles para seducir, unas uñas francesas que arañan la piel de un desprevenido, unos aros en forma de O que alargan un cuello, la pequeña rosa roja en el elástico de una bombacha. Todos caminos al placer, todos altares al deseo. A sus 18 años, Micaela atrae a los papás de todas sus amigas, a todos sus profesores, a los señores que la cruzan en el colectivo. Puede sentir la mirada de los hombres sobre su cuerpo, puede hacer listas según la parte que eligen de ella. De alguna manera le gusta sentirse linda, pero detesta a las personas agresivas y lleva para ellos un broche para apuñalarlos. Camina descalza y la calle de arena entibia la planta de sus pies. Los pájaros festejan con su canto la llegada del día, y siente esa alegría contagiarse a su cuerpo. Piensa en la brisa que entra por la ventana del primer piso frente a su cama, papá dejo que eligiera habitación, aunque sabía que eso enojaría a mama, y se estremece de pensar en el roce fresco de las sábanas limpias. Cruza, de costado, la tranquera apenas ...
... abierta y decide rodear la casa para entrar por la cocina y evitar que vean a la hora que llega. La fila de árboles al costado de la pileta brilla por el reflejo. El agua la atrae y camina hasta el pequeño borde de cemento que la rodea. Su papá alquilo esta casa por ellas, y por la pileta, como siempre repite cuando se quejan de algo. Prueba con un dedo del pie la temperatura del agua y después gira para meterse en la casa. Se asusta cuando ve durmiendo a su papá en la hamaca de la galería. Caído a sus pies hay un atado de cigarrillos y una lata de cerveza. Se acerca en silencio y comprueba que su papá está en calzoncillos, esos viejos. Es el único hombre que conoce que los sigue usando. Es una prenda ridícula –piensa– pero por algún motivo no le entran ganas de reír. Además la tela verde oscuro apenas llega a tapar lo que su papá tiene debajo. Se da cuenta que está viendo algo importante y prohibido. Mira nerviosa a los costados, pero sabe que su mamá duerme todo el tiempo que pueda en vacaciones. Abajo de la ropa a su papá se le dibuja la forma de una morcilla, o esos chorizos que cocina algunos mediodías en la parrilla sin dejar que nadie se acerque. Algo grueso y redondeado. Grueso. Imagina que con un pequeño movimiento, apenas su uña agarrando el elástico, ese monstruo saldría de donde está guardado, por el costado, se derramaría. Se muerde los labios. Piensa que hace mal, que es asqueroso, un pecado, una enfermedad psicológica, pero su cuerpo no puede despegarse del ...