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Delicado suplicio: un estudio sobre la piel (II)
Fecha: 29/06/2026, Categorías: Dominación / BDSM, Autor: Rueda de Wartenberg, Fuente: TodoRelatos
Y entonces empezó el descenso. Lento, clínico, despiadado. Bordeó el hueso del hombro izquierdo, descendió por el bíceps, se detuvo en la curva interior del codo, donde la piel es más delgada, casi transparente. Allí aplicó un poco más de presión. Las puntas finísimas de la rueda se hundieron lo justo: no para rasgar, sino para recordar a la carne que no esta sola. Ella ahogó un jadeo. Él sonrió con una ternura perversa. - No sangra -- dijo finalmente, como si eso lo complaciera -- pero ya está despierta. La rueda continuó su camino: el antebrazo, la muñeca, la palma -- una de las zonas más crueles -- . Luego subió de nuevo. Rodeó los senos sin tocarlos, como un animal que caza por círculos concéntricos. Aumentó la presión al nivel de las costillas. Ella jadeaba con el pecho tenso, como si su aliento fuese un acto de rendición. Cuando llegó al vientre, trazó con la rueda una espiral que se cerraba lentamente sobre el ombligo. La piel se erizaba como un campo de trigo ante el viento. Allí se detuvo. La miró a los ojos por primera vez- - ¿Dolor o anticipación? Ella entreabrio la boca, pero no emitió sonido alguno. Sabía que esa pregunta no requería una respuesta. Solo entrega. Él se arrodilló. Ahora la rueda bajaba por los muslos con la parsimonia de un insecto ceremonioso. Trazaba líneas verticales. paralelas, como si midiera el cuerpo para una disección amorsosa. Cada vez más cerca del centro. Cada vez más ...
... cerca del abismo. Cuando rozó el monte de Venus, no fue un toque directo, sino una órbita, una danza alrededor del clítoris, sin alcanzarlo aún. Lo rodeaba, lo provocaba, lo escribía en negativo. La rueda giraba como un compás, como una brujula que busca el norte en la humedad del cuerpo. Y entonces, la penetración: no con la rueda, sino con los dedos. Dos, firmes, húmedos. La rueda seguía una danza, ahora sobre los labios interiores, mientras los dedos exploraban el interior con la misma presición de un anatomista. El contraste era insoportable: lo agudo de las puntas fuera, lo profundo de la carne dentro. Ella gimió. Se arqueaba. La cuerda se tensó sobre sus muñecas. Un hilo de saliva descendía por su mentón. Y él no se detuvo. La rueda, como un péndulo de tortura, volvía siempre al mismo punto, a la raiz del placer. Pero no lo alcanzaba, Se lo prometía. Lo sugería. Lo retrasaba. Y entonces, sin previo aviso, la precisión cambió. La rueda -- hasta ahora moderada -- mordió. La piel, ya sensible, respondió con un espasmo. Un pequeño grito. Un instante de dolor puro. Ella se corría. Violenta. Silenciosa. Como si el orgásmo fuesen una implisión que no necesitara de testigos. Él se levantó. Dejo la rueda sobre la mesa, y contempló su obra. La piel de ella estaba marcada con líneas rojos, simétricas, paralelas. Como un mapa. Como un texto. Se acercó a su oído, la lengua apenas rozándole el lóbulo. - Estás escrita.
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