1. Tamara y el joven del culto de los miércoles. part


    Fecha: 04/07/2026, Categorías: Confesiones Autor: tamara, Fuente: TodoRelatos

    “Miércoles siguiente: Tentación en el salón de jóvenes” Miércoles. 6:02 p.m. Las luces del templo ya estaban encendidas. Las bancas, alineadas como siempre, olían a pulimento reciente. Los jóvenes comenzaban a llegar en grupos. Algunos con Biblias. Otros con guitarras. Algunos con intenciones. Yo estaba ahí “de paso”. O eso dije. Ayudaba con la decoración del salón de jóvenes para el evento del sábado. Globos neutros, manteles grises. Mi esposo había pedido que no fuera algo “llamativo”. Pero yo me sentía... llamativa. Mi falda era larga, sí. Pero debajo no llevaba nada, era una de esas faldas largas, pero ajustadas que hacian relucir mis curvas no tan santas. Mi blusa, cerrada. Pero no tanto como otros días. Habia dejado un boton desabrochado. Quiza por descuido, o quizá con intención. Noté que más de un jovencito se quedaba mirando de más a mi escote o a mi trasero de una manera no tan evangélica. Yo fingia demencia. Estaba esperando. A él. 6:17 p.m. Cristóbal llegó con una caja de cables. Saludó con el mismo “Dios le bendiga, hermana Tamara”, pero su voz temblaba. No me miró como la semana pasada. Me miró "más profundo" Como si ya supiera a qué venía. Como si hubiera leído mi versículo y lo hubiera entendido más allá del texto. Se acercó mientras yo arreglaba un mantel. Yo fingí no notar que sus dedos se acercaban a los míos. Pero los sentí. Rozaron los míos. Solo un momento. Apenas. Pero el calor se quedó ahí. Y entonces, sin mirarme, dijo en voz baja: —¿Puedo ayudarle ...
    ... con algo, hermana? —Sí. Hay una caja con velas en el cuarto del fondo. ¿La traes? Se fue sin decir más. Y yo lo seguí, dos minutos después. 6:21 p.m. – Cuarto del fondo No era más que un pequeño salón auxiliar. Oscuro, con una sola ventana. Mesas apiladas. Cortinas mal puestas. Cristóbal estaba ahí, con la caja entre los brazos.
    
    Cuando me vio entrar, la dejó sobre la mesa. Nos quedamos en silencio. Los sonidos del templo eran lejanos. Pero su respiración estaba cerca. Muy cerca. —Hermana Tamara... —susurró—. Lo que pasó la semana pasada... lo de la carta... Me acerqué. Puse un dedo sobre sus labios. —Shhh...—. No necesitas explicarte. Mis ojos lo buscaban. Sus pupilas dilatadas. Su pecho agitado. Era un muchacho. Pero no era inocente. Y yo... yo era una mujer casada. Pero esa noche, era otra cosa. Me senté sobre la mesa, lentamente. Cruce las piernas y lo miré fijamente a los ojos. —Solo quiero que me ayudes —dije. —¿En qué…? —preguntó, casi sin voz. —A recordar cómo se siente… ser deseada sin miedo. Él no respondió. Pero avanzó hacia mi y sus manos, temblorosas se apoyaron en la mesa junto a mis caderas. Y entonces… nos miramos, el miraba mi escote, mis labios y yo veia sus ojos. Me encantaba ver esa expresión suya tan juvenil, tan inocente, tan caliente. El aire se sentía cargado de una tensión sexual tan poderosa e irresistible. Acaricié su nuca, y luego su mejilla. Y su espalda se arqueó como si el Espíritu lo hubiese tocado. El intento besarme; me gire para que no lo ...
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