1. La vecina de la playa en la noche de San Lorenzo


    Fecha: 20/08/2026, Categorías: Confesiones Autor: Adribdjz, Fuente: TodoRelatos

    ... ven las Perseidas como en ningún otro lugar.
    
    Ella me miró, evaluándome, y luego sonrió.
    
    —Venga, pero solo si prometes no dejarme perdida en medio de la nada.
    
    Cogí mi moto, una vieja Vespa que había comprado al llegar a Málaga, y ella se subió detrás de mí, abrazándome con una naturalidad que me descolocó. Sentí su cuerpo pegado al mío, sus manos en mi cintura, y el trayecto hasta el mirador se me hizo eterno y fugaz al mismo tiempo.
    
    Llegamos a un pequeño claro en una colina, donde el cielo se abría como un lienzo lleno de estrellas. Extendí una manta que llevaba en la moto, y nos sentamos. El aire olía a pino y sal. Carmen se quitó las sandalias y se recostó, mirando el cielo.
    
    —Es increíble —dijo, señalando una estrella fugaz que cruzó el firmamento—. No recordaba lo bonito que es esto.
    
    —Tú lo haces más bonito —solté, sin pensar.
    
    Ella giró la cabeza hacia mí, y por un momento temí haber cruzado una línea. Pero entonces se rió suavemente y se acercó un poco más.
    
    —No seas tan galante, David. No estoy acostumbrada.
    
    —¿Y eso? —pregunté, curioso—. Eres una mujer impresionante.
    
    Ella suspiró, y su mirada se perdió en el cielo.
    
    —Después de tantos años de matrimonio, a veces siento que he olvidado cómo ser yo misma. Mi marido… digamos que ya no me ve como antes. Y yo me cansé de esperar a que lo haga.
    
    No supe qué responder, pero no hizo falta. Ella siguió hablando, como si necesitara soltar algo que llevaba tiempo guardado. Me contó que se sentía ...
    ... atrapada, que había venido a Málaga para escapar, para recordar quién era antes de ser esposa y madre. Sus palabras eran sinceras, crudas, y me hicieron verla no como la amiga de mi madre, sino como una mujer llena de deseo y vida.
    
    Una brisa fresca nos envolvió, y ella se estremeció. Instintivamente, pasé un brazo por sus hombros, y ella no se apartó. Al contrario, se acercó más, apoyando la cabeza en mi pecho.
    
    —No deberíamos estar aquí —dijo, pero su voz no tenía convicción.
    
    —¿Por qué no? —respondí, rozando su mejilla con los dedos—. Nadie nos está juzgando.
    
    Ella levantó la mirada, y sus ojos brillaron bajo la luz de la luna. No sé quién se acercó primero, pero de repente sus labios estaban en los míos, suaves, cálidos, con un sabor a vino y a algo más profundo, algo que llevaba tiempo dormido. El beso fue lento al principio, como si ambos estuviéramos tanteando el terreno, pero pronto se volvió urgente, hambriento.
    
    Nos tumbamos en la manta, y sus manos recorrieron mi espalda, mientras las mías se perdían en su cabello, en su cintura, en la curva de sus caderas. Su vestido blanco se deslizó hacia arriba, dejando al descubierto sus piernas bronceadas. No había prisa, pero tampoco pausa. Era como si el tiempo se hubiera detenido, y solo existiéramos nosotros, el cielo estrellado y el sonido lejano del mar.
    
    —David… —susurró, con una mezcla de deseo y duda.
    
    —Dime —respondí, besando su cuello.
    
    —No quiero pensar. Solo quiero sentir.
    
    Y eso hicimos. Nos ...