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LA FIESTA DE HALLOWEEN FUE MI CONDENA.
Fecha: 19/02/2026, Categorías: Transexuales Tus Relatos Autor: EntreLineas, Fuente: RelatosEroticos-Gratis
novelas.eroticas.tr@gmail.com Soy Arian. Aunque casi todos me llaman Ari. Hay algo en mí que nadie conoce. Tengo veinte años, estudio psicología y poseo ese tipo de rostro que la gente describe como “angelical”. Mido apenas metro y medio. Mi cuerpo siempre ha sido motivo de confusión: caderas anchas, cintura pequeña, piernas torneadas… una silueta que no encaja del todo con lo que se espera de un hombre. Me cuido la piel con obsesión, la mantengo suave, blanca, casi delicada. Y sí… llevo un tratamiento hormonal en secreto. La fiesta de Halloween de la universidad fue mi condena. Yo estaba a cargo del evento junto con tres amigas. Una de ellas no pudo asistir y, sin pensarlo demasiado, me ofrecieron su disfraz. —No puedo… —murmuré al principio—. Es demasiado. —Ari, por favor —insistió Susana riendo—. Te va a quedar mejor que a ella. “Soy un chico”, me repetía. “Un chico. Solo un chico”. Pero no tenía opción. Fuimos al piso de una de ellas para cambiarnos. Cerré la puerta del cuarto y me quedé unos segundos en silencio. Mi reflejo me observaba, expectante. Comencé a desnudarme. Cuando tomé el tanga entre mis manos, dudé. —Esto es una locura… —susurré. Pero me lo puse. La tela se deslizó contra mi piel y sentí una mezcla peligrosa de invasión y placer. Respiré hondo. Las medias, el sujetador, la falda corta, el top ajustado. Cada prenda parecía acomodarse demasiado bien a mi cuerpo. Me miré al espejo. No vi a Arian. Vi a una chica. Una chica ...
... bonita. —Joder… —susurré, con el pulso acelerado—. Tengo mejor cuerpo que mi amiga. Antes de salir, no pude evitar acercar el rostro a las braguitas rosas que me habían prestado. El perfume ajeno, dulce, femenino… me estremeció. Sentí calor subir por mi cuerpo. Tuve que esperar unos minutos, respirando despacio, hasta recuperar el control. Cuando salí al salón, las tres comenzaron a vitorearme. —¡Estás guapísima! —¡Ari, mírate! Me sonrojé al instante. —Callaos… —intenté disimular, pero las risas me atravesaban. En el espejo del recibidor me detuve de nuevo. Los tacones moldeaban mi postura, levantaban mis caderas, dibujaban una silueta sugerente. “Esto no soy yo”, me dije. Pero no podía dejar de mirarme. Al entrar al local, la sensación fue inmediata. Miradas. Decenas. Acostumbrado a pasar desapercibido, aquello fue un golpe directo al pecho. Sentí cómo me recorrían de arriba abajo. Algunos chicos sonreían con descaro. Otros cuchicheaban. Mi corazón latía tan fuerte que pensé que se notaría bajo el top. Nos pusimos a bailar en el centro. Las luces, el alcohol, el roce de los cuerpos. Mis amigas reían, me abrazaban, se pegaban a mí. Yo intentaba concentrarme, pero estaba demasiado consciente de mi propio cuerpo, del peligro de que alguien notara lo que no debía notarse. —Ari, ve a pedir más bebidas —me dijo Susana. —¿Yo? —pregunté, nervioso. —Sí, guapa, tú. La palabra me atravesó. Caminé hacia la barra intentando mantener la compostura. Me sentía expuesta. ...