1. Preñada


    Fecha: 07/11/2017, Categorías: Voyerismo Infidelidad Autor: Arandi, Fuente: CuentoRelatos

    ... abarrotes, mientras que él de pescador, como su padre. El dueño de la tienda era Don Leoncio, un viejo mal encarado y enojón a quien, sin embargo, le atrajeron las bellas facciones de la muchacha. Por ello le dio el trabajo. —Trabajarás de ocho a ocho y se te pagará el sueldo mínimo —le dijo Don Leoncio. El viudo y cincuentón Don Leoncio parecía traer algo en la mente, algo muy turbio, cuando la veía con aquella mirada maliciosa. Parecía desnudarla nada más con verla fijamente; según ella misma me comentó, tiempo después. Aquellas miradas leoninas, hicieron que más de una vez la pobre muchacha tirara la mercancía al suelo. Tras romper el tercer frasco de mayonesa, Don Leoncio la amenazó con descontarlo de su salario. Por aquellos días, Alhelí rentaba un cuarto con Doña Rita, una mujer de setenta años a quien yo conocía. La señora la apreciaba, pues la joven le ayudaba en lo que podía. Fue así que Doña Rita fue la única confidente con quien Alhelí desahogaba el malestar provocado por las malas miradas de su patrón, aquel viejo malévolo, quien no se esforzaba demasiado en ocultar sus perversas intensiones. Mientras ella hacía limpieza, ya sea que estuviese barriendo, trapeando o sacudiendo algún anaquel, Don Leoncio no le quitaba los ojos de encima recorriéndola de abajo a arriba; desde las morenas pantorrillas pasando por la piel canela de sus piernas, que se transformaban en bien definidos muslos y luego en ensanchadas caderas hasta convertirse en un endiablado culote. ...
    ... Aquel viejo, de seguro, se creaba unas imágenes muy pero que muy sucias en la cabeza, mientras veía el trasero de Alhelí en más de una ocasión al día. —¡Oye muchacha, ven aquí! Quiero hablar contigo —le dijo Don Leoncio un día. —Dígame patrón —le respondió ella, y se le acercó. —Me han dicho que estás embarazada, ¿es cierto? Alhelí pensó, en aquel momento, que quizás Don Leoncio se había condolido de ella y ya no la dejaría cargar más pesadas cajas. —Sí —respondió ella. Los ojos del hombre se le llenaron de morbo; probablemente por imaginarse cómo le habían provocado tal estado a tan joven chiquilla. Los siguientes días Don Leoncio la trató extrañamente afable. Alhelí creyó que, en efecto, se había apiadado de su situación, sin embargo, una noche, ya cerrado el negocio: Apenas dio un par de pasos en el limitado lugar y Don Leoncio se le abalanzó a la indefensa chica. El socarrón cabrón ya ni pantalones traía, sus menudencias colgaban al aire. El desalmado, agarrándole de los cachetes traseros, trató de besarle el cuello pero ella se resistía. Luego lo intentó con las tetas y en dónde pudieran hallar cobijo sus sucios labios. —Suélteme viejo asqueroso —gritó ella, al mismo tiempo que trataba de alejar las toscas manos del hombre que la tenía bien afianzada. —¡Tienes que ser mía! —gritó aquél—. No sabes cuánto te deseo... más ahora qué sé que estás preñada. Déjame llenarte también con lo mío, total, ya no te puedo hacer nada. Ya estás cargada. Ella no paró de gritar en busca de ...
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