1. La primera vez que fui violada


    Fecha: 24/08/2019, Categorías: Sexo con Maduras Autor: Ana Del Veliz, Fuente: CuentoRelatos

    La primera vez que me violaron, fue un conocido. Yo vivía en un edificio de Palermo con mi novio. Salía con él desde hace más de un año, pero no era del todo feliz. Andrés era muy cariñoso, y estaba bastante fuerte: un rubio carilindo de ojos azules. De físico no era imponente, pero aun así, era de esos tipos inusuales, que hacían dar vuelta a las minas, en ese gesto típicamente masculino, como queriendo rastrear su belleza, en ese cuerpo esbelto. Pero como dije, no era del todo feliz. Nos costaba llegar a fin de mes, a pesar de que ambos trabajábamos. Él era encargado en un mcdonald, y yo trabajaba de secretaria, tres veces por semana, en un estudio jurídico. Créanme si les digo que los abogados son los peores de todos. A pesar de conocer al dedillo las leyes, son los primeros en infringirlas. Me pagaban una miseria, y ni siquiera me efectivizaron. Trabajé casi tres años en negro. Y para colmo, mi jefe, el doctor Barbuto, era un viejo pajero, que no paraba de mirarme el culo, cada vez, que me iba de su oficina, luego de que me diera algunas indicaciones. Por si se lo están preguntando, sí, estoy muy buena. Soy lo que todos los machos pajeros sueñan cuando piensan en la típica secretaria sexy. Soy rubia, con una cara que me hace ver más joven de lo que soy. Mi culo parado es mi arma mortal, gracias a él puedo manipular a los hombres a mi antojo, y puedo volver locas de envidia a las mujeres. Y mis piernas largas, torneadas por los ejercicios diarios, acompañan elegantemente ...
     a mi trasero. Pero vuelvo a repetir: no era feliz. En esos tiempos tenía veintitrés años, y todavía creía en cosas estúpidas, como la fidelidad y el amor eterno. Estaba perdidamente enamorada de Andrés, pero algo había pasado. De apoco se estaba desinteresando de mí. O al menos, eso creía yo, más que nada basándome en el hecho de que cada vez me cogía menos. No me quiero detener en este punto mucho tiempo, porque no es el tema de esta anécdota. Andrés me cogía poco, y cada vez menos. Lo hacía bien, sabía dónde besarme, y en qué posición cogerme (en cuatro, bien fuerte, o encima de él), y siempre me hacía acabar. Pero me cogía poco. El hecho de no hacerlo con tanta frecuencia como lo necesitaba, hacía que mis ganas de ser penetrada, y acariciada se incrementen, hasta el punto de que todos los días quería una pija entre mis piernas. Pero claro, Andrés no me la daba, así que ineludiblemente comencé a fantasear con otros hombres. El hecho de saber que podía tener a cualquiera, no hacía fácil mantenerme fiel. Había un montón de tipos que estaban locos por mí. Empezando por varios empleados de los juzgados, que cuando me atendían en mesa de entrada se ponían nerviosos, le temblaban la voz, y hacían chistes estúpidos para sacarme una sonrisa. Mi jefe era otro que me tenía más ganas que un perro muerto de hambre a un pedazo de hueso. Ya les hablaré más de él en otro relato. Pero hoy les quiero hablar de Jorge, el encargado del edificio. Era un tipo amable y simpático, pero yo notaba ...
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