1. El amor después del Apocalipsis


    Fecha: 15/09/2017, Categorías: Incesto No Consentido Autor: Gabriel B, Fuente: CuentoRelatos

    ... cuarto. – y cuando vi el gesto de sorpresa de Isabel, agregué. – A mí no me hace nada dormir un día en el sofá. Discutimos un rato. Ella se negaba, yo insistía, y así un buen rato, hasta que mi caballerosidad venció. En el sofá empecé a fantasear con ella. Nunca había estado con una mujer, y ya era hora de que debutara. Pero, ¿qué debía hacer? El arte de la seducción era algo ajeno a mí, porque cuando era lo suficientemente grande como para empezar a tener mis primeras relaciones, ya no quedaba nadie a quien seducir. ¿y si simplemente subía y la poseía? No. Yo me enorgullecía de no comportarme como un animal, como muchas otras personas sí lo hacían desde la aparición del virus, así que no podía hacer eso. Me masturbé, imaginando que subía al cuarto, y ella me esperaba con las piernas abiertas, dispuesta a ofrecerme todo lo que se me antojara. Contuve la erección los más que pude y largué tres chorros abundantes de semen que cayeron en mi ombligo y se impregnaron en las sábanas. Pero más tarde me desperté, con ganas de mear, y me costó hacerlo, porque tenía una terrible erección de nuevo, que me impedía apuntar al inodoro. Así que tuve que sentarme. Me empecé a tocar de nuevo, pensando otra vez en Isabel. Pero el estar medio dormido hizo que tomara una decisión que estando lúcido jamás tomaría. Salí del baño, me puse el pantalón, y subí a mi cuarto, donde estaba Isabel. Isabel no estaba durmiendo. Golpeé la puerta dos veces, y sin esperar respuesta la abrí. De todas ...
    ... formas, estaba en mi casa, y podía hacer lo que quisiera en ella. Así de prepotente me sentía ese día. Isabel estaba acostada sobre la cama, pero no se tapaba con el cubrecama, estaba encima de él, despierta, apoyando su torso sobre el almohadón que estaba acomodado en el respaldo de la cama. Todavía llevaba el vestido negro. Una pierna estaba flexionada, y eso permitía ver los muslos, y su sexo, y el pubis con bastante vello. - Perdón, ya apago las velas, sabés. – dijo, cerrando las piernas. Me dio un vistazo al bulto, que estaba hinchado por la erección, pero desvió la mirada y fingió no darse cuenta. - No te preocupes, dejalas encendidas todo lo que quieras. – le contesté. Me acerqué hasta el borde de la cama y me senté. - Es que no puedo dormir pensando en mi marido. – Me dijo. Seguramente era cierto, pero también usó ese argumento como para recurrir a mi lado sensible, porque ya se imaginaba por qué fui a verla. En todo caso ya era tarde, la oscuridad se había adueñado de mi corazón. - No te preocupes, no tenés que estar sola, quédate con nosotros. Te vamos a cuidar. – mientras decía esto apoyé mis dedos sobre su rodilla, apenas tocándola con las yemas, y los deslicé por los muslos. - No, mañana me voy. – dijo, con la vista gacha, fingiendo que no sentía mi mano avanzar, hasta llegar a los aductores. Tenía las piernas fuertes, y su piel era muy eslastizada. - Quedate acá, necesitamos otra mujer. – Le dije, sintiendo ya la humedad de su sexo. - ¡No! – reaccionó ella al fin, ...
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