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Malas elecciones II (Final)
Fecha: 01/02/2026, Categorías: Infidelidad Autor: Peter28, Fuente: TodoRelatos
Malas elecciones II Nunca me gustó volar sola. Antes, cada vez que viajaba, Darío me llevaba de la mano hasta el último momento, y yo me giraba para buscar su mirada antes de pasar el control. Esta vez fue distinto. Él me dejó frente a la puerta de salidas y me habló como si fuera una vecina de toda la vida, no a su esposa. Ni siquiera me miró de verdad, y eso me pesó en el pecho todo el trayecto a Barcelona. Intenté dormir en el avión, pero la mente no me dejaba. Cerraba los ojos y aparecía su cara en el aeropuerto, esa calma extraña, esa voz neutra. Me decía que era porque estaba nervioso por mi viaje, pero en el fondo sabía que había algo roto. A ratos me venía la voz de mis hijos. Pablo diciéndome “bien, mamá” de forma tan seca. Tere evitándome la mirada. Me aferré al reposabrazos, sintiendo que me faltaba el aire. Al aterrizar, el cielo estaba gris. Jaime me esperaba en la salida, con esa sonrisa que otras veces me hacía sentir viva. Hoy no. Hoy me parecía un gesto incómodo, forzado, como si él también estuviera deseando que todo pasara rápido. Subimos a un taxi, apenas hablamos. Él solo dijo: “Te llevaremos a la clínica, luego te quedas tranquila en el hotel.” Yo asentí, con un nudo en la garganta. La clínica estaba en una calle tranquila, sin letreros llamativos. Una fachada blanca, discreta, como si quisiera que nadie supiera lo que pasaba detrás de esas paredes. Al entrar, el olor a medicamentos me golpeó. La recepcionista, una mujer joven con gafas ...
... redondas, me sonrió como si yo fuera una paciente cualquiera. Me pidió el DNI y unos papeles que Jaime había impreso. Mi mano temblaba al firmar. No era por el procedimiento en sí, era por lo que significaba. Sentía que cada letra que escribía me borraba un pedazo de la vida que había construido. Me llevaron a una sala pequeña con paredes color marfil. Había dos sillas, una mesa con folletos de salud femenina, y un ventanal que dejaba entrar una luz blanquecina. Un médico de unos cincuenta años entró, bata impecable, mirada profesional. Se presentó como el doctor Casillas. Me habló con calma, explicando que a las cinco semanas era un procedimiento sencillo, que duraría poco y que estaría sedada. Yo asentía como si entendiera cada palabra, pero en mi cabeza solo escuchaba mi respiración acelerada. —¿Está segura de su elección? —preguntó mirándome a los ojos. Ese “¿está segura?” me atravesó. Por un segundo, pensé en decir que no. Pensé en volver a Madrid, enfrentar a Darío, decirle la verdad. Pero luego recordé el mensaje de Jaime: es lo mejor, si la familia de mi mujer se entera, nos despiden. Recordé mi edad, mi cuerpo cansado, y sentí un frío que me subía por la espalda. le pedí perdón a esa pequeña parte de mi por no dejarla crecer Sí —respondí. Mi voz sonó ajena, como si otra persona hablara por mí. Me dieron una bata azul desechable y unas pantuflas. Jaime me tomó de la mano cuando entramos en el pasillo que llevaba al quirófano. No era un gesto de amor, sino ...