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Amigos en la fortuna. Novena parte
Fecha: 23/04/2026, Categorías: Grandes Series, Autor: MujerQueDesea, Fuente: TodoRelatos
... mirando el teléfono durante un rato, con las manos temblorosas. Sabía que aquello no estaba terminado. Y lo peor no era lo que había dicho Lorenzo. Lo peor era la pequeña parte de ella que temía no haber colgado con total convicción. *** El peso de una bala A veces Lorenzo Jódar se quedaba mirando al techo durante horas, como si esperara que algún día se abriera y alguien —Dios, la justicia, o quizá su propia conciencia— descendiera a explicarle el porqué de todo aquello. El destino había sido cruel con él, y no sólo una vez. Muchos años atrás, cuando aún llevaba uniforme y no galones, patrullaba las calles con una sonrisa cansada, pero aún con fe en el oficio. Estaba enamorado. De su compañera, Ana. Otra Ana. Una mujer fuerte, con carácter, con una risa contagiosa que podía despejar las sombras del barrio más gris. Iban a casarse. Tenían todo listo: fecha, invitados, hasta el vestido de ella colgado ya en casa. Pero una mañana, en una joyería del centro, todo cambió. Un aviso por atraco a mano armada. Entraron juntos. Él por la izquierda, ella por la derecha. Un disparo mal calculado, un giro imprevisto del atracador, y la bala le alcanzó el cuello a Ana. No murió al instante. Se desangró lentamente, aferrando la mano de Lorenzo, mirándolo con esos ojos que le decían no me dejes ir, mientras él gritaba por ayuda, presionaba la herida, y maldecía a la vida. Nunca volvió a ser el mismo. El duelo fue devastador. Se encerró en sí mismo, dejó de hablar ...
... con sus compañeros, se planteó dejarlo todo. Pero una terapeuta del cuerpo le convenció de que podía canalizar el dolor en algo constructivo. Se aferró a eso, y opositó. Ascendió. Y fue enterrando su corazón poco a poco, año tras año. No volvió a mirar a otra mujer con verdadero deseo. No quiso saber nada del amor. No podía imaginarse exponiéndose otra vez a esa pérdida. Hasta que apareció Ana Romero. Ella no tenía nada que ver con la otra Ana. Pero llevaba su nombre. Y cuando la rescataron, desorientada, pálida y valiente tras aquel secuestro, con la mirada rota pero la dignidad intacta, algo que ya sentía por ella empezó a arder definitivamente dentro de él. Una chispa vieja. Una necesidad de proteger, de cuidar. De amar. No fue inmediato. Lo negó, como había aprendido a hacer con todos los impulsos emocionales. Pero cuanto más la veía, cuanto más coincidían en interrogatorios, declaraciones, reuniones, más fuerte era la certeza: Ésta es mi última oportunidad. Mi último tren a la felicidad. Y no estaba dispuesto a dejarlo pasar. Por eso le dolía tanto su rechazo. No lo entendía como una derrota, sino como una segunda tragedia. Otro disparo. No en el cuerpo, esta vez, sino en esa parte del alma que aún quedaba viva. Sabía que Ana era casada, que tenía una hija, que su vida era otra. Pero en su mente, aquel giro del destino era tan poético, tan justo, que le parecía inaceptable que no ocurriera. La vida le debía una Ana. Y no iba a dejar que también esta ...