1. Y en eso entró Marga


    Fecha: 05/05/2026, Categorías: Confesiones Autor: Rodrigo Cnovas, Fuente: CuentoRelatos

    … y en eso entró Marga
    
    Ahí estaba yo, tumbado en la cama, con los cojines en la espalda, desnudo de cintura para abajo, con el cipote tieso, enorme, el capullo violáceo de tensión, con el puño de la mano apretando el ardiente mástil de mi tranca, las venas gruesas y los huevos tersos, llenos de leche a punto de eyacular; con la película porno en volumen bajo y las piernas abiertas.
    
    — ¡Pablo!, ¡Pero, Pablo! —chilló desde el ámbito de la puerta. Aún llevaba la chaquetita de piel marrón y el bolso a juego colgado del hombro. Los ojos de asombro, la boca abierta, los ojos como platos, los puños crispados, ligeramente encorvada no sé si de rabia o fruto de la inesperada imagen con que sorprendió uno de mis habituales juegos masturbatorios.
    
    Yo no supe bien cómo reaccionar. Un calor irresistible subió desde mi estómago hasta mi pecho, mi cuello, mis mejillas y mis orejas. Noté la boca seca. Mi tranca se fue aflojando rápidamente y la dejé caer sobre el muslo con la leve mucosidad preseminal impregnando el vello de mi pierna. De repente apareció en mi mente la imagen de la portada del diccionario del diablo, de Ambrose Bierce que me había hecho reír tanto de adolescente: un sátiro demoníaco, con sus patas de carnero, su cínica barbita y sus cuernecillos, retorciéndose de risa…
    
    Me quedé así, mientras Marga entraba en el dormitorio y paseaba su mirada de mi cara a mi sexo desnudo y viceversa.
    
    — ¿Qué estás haciendo? Pero ¿qué te pasa?
    
    Yo balbuceé algunas palabras ...
    ... inconexas, me levanté y comencé a ponerme el bóxer.
    
    Marga se paró frente al televisor, en cuya pantalla una rubia sinuosa jadeaba mientras un chico negro la empalaba por detrás y agarraba la polla empalmada de un robusto latino. Se volvió rabiosa y dijo:
    
    — ¿Haces esto a menudo? ¿Es esto lo que haces cuando te quedas solo?
    
    El "esto' tenía un deje acusador, como si fuese un abominable acto criminal. Me senté en la cama y comencé a reaccionar al fin.
    
    — No —respondí—, no, solo lo hago a veces…
    
    Marga dejó caer el bolso y lo aposentó a los pies de la cama, deslizó la cazadora y cruzó los brazos.
    
    — Pero, ¿por qué, Pablo?
    
    Encogí los hombros tontamente y bajé la cabeza con la mirada perdida. Un leve sonido salió de mis labios.
    
    — ¿No estás satisfecho conmigo? ¿Necesitas a otra?
    
    Otro sonido ininterpretable y respondí:
    
    — No, Marga, no es eso; no es eso. Es que… yo… a veces quisiera algo más, otra cosa, otras cosas…
    
    Se giró hacia la pantalla y señalando dijo:
    
    — ¿Cómo… cómo eso?
    
    Recuperado tras el inicial estupor, pensé que era el momento no de excusarse o buscar salidas a la emboscada de la vida, sino de reivindicar los vacíos, las carencias, los deseos frustrados, la necesidad de dejar que la cascada de pasión contenida y los placeres perdidos corrieran libremente, vivos y puros, no aprisionados por la esterilidad de un sexo plano, rebaja calidad emocional, sin sensualidad, poco honrado. Yo siempre había sido fiel a Marga. Jamás había estado con otra; ...
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