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Málaga: deseo público, sudor y sexo
Fecha: 18/05/2026, Categorías: Voyerismo Autor: ExpuestaFem, Fuente: TodoRelatos
... bajando en líneas lentas hasta mis nalgas. Sus dedos trabajaban con precisión, presionando, amasando, abriendo un poco más mis muslos. Yo lo sabía: desde ese ángulo podía ver mi vulva palpitando, húmeda, y el brillo de mi piel expuesta. Cuando hizo presión en la base de mis nalgas, sentí cómo se abrían más, cómo mi ano quedaba descubierto, vulnerable, a merced de su mirada. Gemí bajito, y ella lo notó. —¿La presión está bien? —preguntó, con voz más ronca. —Perfecta… —alcancé a decir, apenas un hilo de voz. Subió hasta mis hombros, bajó de nuevo, recorriendo mis muslos, mis piernas, hasta llegar a mis pies. Luego, en silencio, volvió a subir, más lenta, más cuidadosa, concentrándose en mis nalgas, en el interior de mis muslos. Cada movimiento era más íntimo, más cargado de algo que ninguna de las dos mencionaba. —Date la vuelta, por favor… —dijo de pronto. Me giré despacio, sintiendo el aceite resbalando por mi piel. Al incorporarme ligeramente, vi cómo ella se humedecía los labios con la lengua, y eso me robó el aliento. Mi vulva palpitaba, abierta, húmeda, exhibida. Empezó por mi vientre, con movimientos circulares, lentos, subiendo hasta rozar la base de mis senos. Se detuvo alrededor de ellos, sin tocar los pezones, como si quisiera torturarme un poco más. Yo intentaba contenerme, pero era imposible: mis pezones estaban duros, pidiendo su roce. Suaves, sus manos bajaron por mi abdomen, hasta el vientre, tan cerca de mis labios que sentí el calor de ...
... su palma. Siguió bajando por mis muslos, hasta mis rodillas, hasta mis pies. Luego, con la misma calma, subió de nuevo, deteniéndose en mi vientre, dibujando círculos lentos, como si pudiera leer mis pensamientos. Su respiración estaba tan cerca que sentía el roce caliente en mi abdomen. Podía sentir el calor de su cuerpo inclinado sobre mí. Y yo, con las manos crispadas en la camilla, solo podía morderme el labio, rogando en silencio que no se detuviera. Sus manos seguían subiendo y bajando, rozando la línea de mis costillas, delineando la curva de mis pechos, evitando mis pezones con una precisión que me enloquecía. Yo apretaba los labios, intentando ahogar los gemidos, pero cada roce, cada caricia lenta, cada presión exacta me arrancaba pequeños sonidos que llenaban la habitación. Cuando bajó otra vez por mi vientre, tan cerca de mis labios vaginales que el calor del aceite parecía vibrar sobre mi clítoris, tuve que cerrar los ojos y respirar hondo para no rogarle que me tocara. Ella lo sabía. Podía sentirlo en la forma en que sus dedos se detenían por milésimas de segundo, como si disfrutara de mi desesperación contenida. —Muy tensa aquí… —susurró, presionando suavemente en la base de mi abdomen, con el pulgar a centímetros de mi sexo. —Sí… —alcancé a responder, con la voz apenas audible. Entonces cambió el ritmo. Sus manos subieron de nuevo, recorriendo mis costados, hasta mis hombros. Y ahí, con una calma impecable, empezó a masajear mi cuello, ...