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Abrir un melón
Fecha: 19/05/2026, Categorías: Poesía Erótica, Autor: Amoknut, Fuente: TodoRelatos
Abrir un melón. Es abrir un culo. Es decirle al verano: estoy listo. Tibio y pesado, con su perfume de siesta y secretos bien guardados. Allí, donde el sol se esconde en la carne, gotea la luz en hilos dorados, y todo late, húmedo, dulce, callado. Dónde se hacen travesuras con la pulpa, resbala en zumo, se esconde y se ríe, como un amante torpe que quiere estrenarse. Antes de abrirlo cuidado. Exponerlo todo demasiado pronto mata la jugosidad, el deseo, la fragancia. No lo violentes con prisas, ni con hambre impaciente. Que madure, sí, como maduran los temas que arden bajo la lengua mientras esperan su hora. Y solo se salen cuando ya no hay marcha atrás. Tántalo supo lo que era el castigo: ver el fruto y no poder tocarlo. Desear y no tener. Lo que ansías sin medida se vuelve tortura. El melón no se entrega por capricho, no se confía a la primera mirada. Se ofrece cuando arde por dentro, cuando su carne oscura canta, y la piel vencida, susurra: “Ahora sí.” Y solo recompensa a quien supo esperar y merecerlo. Abrir un melón —como abrir una conversación— es ceremonia. Porque si hablas demasiado pronto, si dices sin dejar que respire, lo arruinas todo. Si lo haces mal, se seca, se oxida, se amarga. Y no hay vuelta atrás. Es como desvestir con torpeza: el cuerpo no olvida a quién lo tocó sin saber mirar. Hazlo bien. Con pausa ...
... sagrada, con manos valientes y corazón dispuesto. No es un corte: es un desliz, una línea que abre el mundo. Porque cuando por fin llega la temporada, el primer sabor, todo cambia: el día se hace verano, la boca se hace jardín. La frescura te sube por la espalda, el dulzor te acaricia la nuca, y hasta el aire parece decir: sí, esto es placer. Pero hay un secreto que pocos conocen. Antes de todo, hazle un gesto de respeto: Lava su piel con mimo, como quien acaricia una promesa cubierta de antojos y fiebre anticipada. Como se lava un misterio en la piel: sin jabón, solo agua y devoción, y una sonrisa que no hace preguntas. Frota, azota, masajea—¡no ofendas al dios jugoso!— y colócalo en el altar como un oráculo húmedo. Sacude los extremos. Hazlo firme, sin crueldad, como quien le pone zapatos a la certeza. Con un gesto que no es violencia, sino arquitectura del placer: crea la base donde se sostiene el milagro. Y entonces, ¡sí¡ abre el corte vertical, con dedos firmes, desde la corona hasta el ombligo. La carne cede, y con ella, la voluntad del día. El corazón se expone y su perfume te bendice. Un suspiro en forma de raja: ¡ahí está!, abierto de piernas y promesas, una hendidura jugosa, redonda, bordeada de carne blanca que se oscurece en el centro, como si guardara la noche entre sus pliegues. Es un triángulo antiguo, de llama húmeda, que te mira con la ...