1. La locura de los cuarenta (3 - final)


    Fecha: 01/07/2026, Categorías: Infidelidad Autor: Isabel, Fuente: CuentoRelatos

    9 de octubre
    
    El año que viví divorciada solía salir de caza los miércoles y uno de cada dos viernes, noches que mi hijo mayor se quedaba con mi exmarido, salía de caza. Según mis cuentas, a lo largo de esos meses lo hice con 31 varones y una mujer, de los que recuerdo con verdadero gusto a media docena, sobre todo, a Franco, un colega con el que bailé toda la noche antes de irme a la cama. Coincidimos en medio de un Congreso, en Veracruz, y yo, en lugar de cogerme a un negro jarocho me cogí a mi coleguita, con el que coincidí en la pista de baile del hotel en que nos hospedábamos.
    
    Yo había bajado con ganas de guerra, vestida con una blusa ceñida al cuerpo y una minifalda de mezclilla bajo la que se asomaban mis piernas de 30 años (mis piernas y el conjunto de mis ojos y mis cejas son las partes que más me gustan de mi cuerpo). Dejé libre mi cabellera y apenas apliqué un toque de carmín a mis labios. Bebía un daiquirí cuando Franco tocó con sus dedos mi desnudo hombro invitándome a la pista, y lo seguí.
    
    Recuerdo a Franco bien, no lo he olvidado y el año pasado traté de encontrarlo otra vez. 28 años cabales, moreno de intensa mirada, cuerpo esbelto y elevada estatura, su mentón perfectamente afeitado y su cuerpo sin vello por ningún lado debieron hacerme sospechar, lo mismo que su maestría para el baile: es gay, pero no lo noté o no quise notarlo, no esa noche, cuando me estrechaba entre sus brazos, cuando me estrujaba, me llevaba por la pista con maestría… cuando era ...
    ... tan evidente su erección contra mi abdomen.
    
    Sus nalgas, durísimas y redondas bajo su jean, firmemente apretadas por mis manos, mostraban un cuerpo de gimnasio (gay), sus manos fuertes y finas, trasmitían mensajes cálidos y seguros. Jamás habría creído que era gay y hasta la fecha, agradezco haberlo agarrado en un momento de duda y ruptura, tenerlo para mi enterito aquella noche como la segunda y última mujer de su vida.
    
    Bailamos una hora o dos, tocándonos, el calibraba mi cintura y yo sentía sus nalgas y su espalda, el suave olor de su pecho justo en mi nariz, y me iba derritiendo lentamente. Sus besos sabían a miel, su delicadeza y suavidad me erizaban cada uno de los vellos de mis brazos –ya he dicho que para algunos quisquillosos, tengo demasiado— y yo, sin dejar de bailar, me di vuelta y acomodé mis nalgas contra su verga, acariciándolo al ritmo de la música. Completamente embriagada por la lujuria, lo masturbaba con mis nalgas sin quitarnos la ropa, ofreciendo mi cuello a sus labios y sus dientes, que iban desde el hombro hasta la oreja matándome de deseo, de ansia.
    
    Y, sin embargo, me contenía, seguía esperando, esperándolo, puesto que me mataba la lentitud de su ritmo y esa noche anhelaba morir.
    
    Y entonces, aprovechando la penumbra ¡se sacó la verga! Escondida bajo mi falda, sentí su delgado miembro, muy rígido, pasear desnudo por mi carne, por mis nalgas apenas cubiertas por mínima braga de hilo dental que aposta llevaba para esa noche… y que me quité. Sí: ...
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