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La enfermera
Fecha: 10/07/2026, Categorías: Confesiones Autor: LeeMartin, Fuente: CuentoRelatos
Hace algún tiempo estuve ingresado por una operación. Así que acabé con una herida en el vientre, unos cuatro dedos por debajo del ombligo, que las enfermeras debían vigilar y curar todos los días. Normalmente esto sería algo desagradable y que deseas que acabe enseguida, pero lo que me pasó una de las noches en el hospital hizo que todo mereciera la pena. Aquella semana había una enfermera en el turno de noche que era muy cariñosa. De cuerpo ancho y rostro redondo, llevaba el cabello negro recogido en un moño. Siempre que venía tenía algún comentario cariñoso para mí, lo cual me hacía esperar sus visitas con anticipación. La noche en cuestión estuve solo en la habitación. El tipo que había estado ocupando la otra cama, había recibido el alta y aún no habían vuelto a ocuparla. Fue la única noche que pasé solo y lo agradecí. Pude ver lo que quise en la televisión y dormirme cuando me apeteció, sabiendo que no me despertaría mi compañero con quejas o con llamadas a la enfermera. A mitad de la noche me desperté con una sensación de tirantez y dolor en la herida. Presioné el botón de llamada y poco después entró la enfermera con una sonrisa en el rostro. -¿Qué ocurre? -susurró desde la puerta. Le expliqué lo que me ocurría y se acercó a la cama, sin encender ninguna luz en la habitación, iluminados sólo por la luz que entraba del pasillo. -Vamos a ver. Yo aparté la sábana descubriendo mi cuerpo cubierto por el típico camisón de color blanco atado a la ...
... espalda. Para que pudiera acceder a la herida, me subí el camisón hasta la cintura. No llevaba nada debajo del camisón, así que mi pene quedó al aire. Claro que ya estaba acostumbrado porque siempre que me hacían una cura dejaba mis genitales a la vista, así que no le di importancia. Ella se inclinó sobre mí y empezó a quitarme el apósito que cubría la herida y los puntos. Lo hizo tan bien que no me dolió nada. -Parece que está bien -dijo.- Espera. Se marchó y al momento regresó con un algodón empapado de yodo y un apósito nuevo. Con golpecitos embadurnó la herida con el iodo. Lo hacía con la mano izquierda y mientras apoyó la derecha debajo de la herida, rozando mi pene. En un principio no me percaté, pero cuando sentí que este empezaba a crecer, me di cuenta de que su mano sin guante estaba rozando mi pene. Cuando acabó con el yodo aplicó el apósito y al frotarlo para asegurarse de que estaba bien pegado, su antebrazo frotó mi pene haciendo que creciera rápidamente en una erección completa. -Perdona… -dije avergonzado. Ella me miró sonriendo y dijo: -No pasa nada -y después de decir aquello volvió la cabeza para mirar mi pene al tiempo que continuaba frotando el apósito. Ahora que tenía una erección, mi glande se apretaba contra su antebrazo y al moverlo me produjo mucho placer. -Aaahh -se me escapó un gemido. La enfermera me volvió a mirar, mordiéndose el labio inferior. Yo no podía dejar de mirar aquellos ojos grandes y negros, con sus largas pestañas. ...