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Me cogí a mi suegro, ando desatada!
Fecha: 12/08/2026, Categorías: Infidelidad Autor: mariac, Fuente: RelatosEróticos
... lindas», me dijo, así, de la nada. ¡Yo me encendí como foco fundido! «Gracias, suegrito… a su hijo le gustan también», le contesté, bien coqueta. Y ahí se armó. De la nada, se me acercó, me agarró de la cintura y me apretó contra él. ¡Sentí su verga dura contra mi vientre! «Yo sé que mi hijo no te satisface, María», me dijo en el oído, y su voz me recorrió toda la columna. «Yo te he visto cómo me miras.» ¡Ay, niños, me morí de vergüenza y de excitación! No pude decir nada, solo gemí cuando empezó a besarme el cuello, unos besos húmedos y calientes que me dejaron marca. Sin pensarlo, le agarré la mano y la guié hacia mis shorts. «¿Esto es para mí?», gruñó él cuando sintió lo mojada que estaba. Asentí, no podía hablar. Me llevó casi a rastras a mi habitación, ¡a la cama que comparto con su hijo!, y me tiró sobre la cama. «Te voy a dar lo que necesitas, putita», me dijo, y yo, en vez de ofenderme, me excitó mil veces más. Se bajó el cierre de su pantalón de trabajo y sacó su verga. ¡Era enorme! Más grande y más gruesa que la de mi enamorado, con unas venas que se le marcaban y un color moradito que me dio hasta miedo. «¿Te gusta?», me preguntó, y yo solo pude abrir la boca como pescadito. Se la empecé a chupar, ahogándome con su tamaño, babeándola toda, mientras él me agarraba del pelo y gemía. «Así, así, chúpamela como me la chupaba tu suegra antes de volverse una histérica.» Después de un rato, me dio la vuelta y me bajó los shorts con la ropa interior de un ...
... tirón. «Qué culo más perfecto», murmuró, y me dio una nalgada que me dolió y me encantó al mismo tiempo. «Por favor, suegrito, métemela», le rogué, ya sin vergüenza. Y él, sin avisar, me la metió toda por detrás. ¡Grité! Era tan grande que sentía que me partía en dos, pero al mismo tiempo, ¡qué ricooo! Me llenaba completamente, cada empujón me hacía ver las estrellas. Me agarraba de las nalgas y me montaba con una fuerza que mi novio nunca ha tenido, cada embestida era una cachetada con amor que resonaba en el cuarto. «¿Así te gusta, eh? ¿Te gusta que tu suegro te coja como una perra?», me decía, y yo solo gemía como loca, diciendo que sí, que por favor no parara. En un momento, me cambió de posición y me puso boca arriba, levantándome las piernas hacia los hombros. «Quiero verte la cara cuando te vengas», dijo, y empezó a bombearme más lento pero más profundo. Yo no aguantaba, le arañaba la espalda y le mordía los hombros, que sabían a sudor y a hombre de verdad. «Me voy a venir, suegrito», grité, y él, en vez de parar, me metió los dedos en la boca. «Chúpamelos, puta», ordenó, y yo lo hice, saboreando mi propio gusto en sus dedos. Eso me hizo explotar. Vine tan fuerte que creí que el mundo se acababa, con convulsiones y gritos que seguro escucharon los vecinos. Él, al sentir cómo me apretaba, soltó un gruñido bestial y se vino dentro de mí, caliente y en cantidades que no sabía que un hombre podía tener. Nos quedamos ahí, jadeando, enchastrados, en la cama de su hijo. ...