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El círculo. Cap.40 Final
Fecha: 06/09/2026, Categorías: Infidelidad Autor: Ixchel Diaz M, Fuente: TodoRelatos
... carraspeó. —Neutralidad. Silencio. Nos retiramos del fuego. Ella arqueó una ceja. —Neutralidad no es suficiente. Ustedes fueron con Serrano. Apostaron en su mesa. Damián no olvida fácilmente. El silencio pesó. Ramiro, el de los medios, se inclinó hacia adelante. —Podemos hacer más que callar. Podemos desaparecer su narrativa, aislarlo, dejarlo sin eco. Helena sonrió entonces. No de ternura, sino con esa sonrisa suya, lenta, peligrosa, que parecía prometer y negar al mismo tiempo. —Eso es lo que quiero escuchar. Se acomodó en la silla, y el rojo del vestido pareció incendiar la penumbra del salón. —Escúchenme bien —dijo, acariciando con un dedo el borde de la mesa—. Tendrán lo que piden. Nadie tocará sus nombres. Nadie arruinará a sus familias. Pero… desde hoy no volverán a operar para Serrano. Ni un centavo, ni un movimiento, ni una palabra. Si lo hacen, se hundirán con él. Ignacio, el acerero, la observó largo rato. —Usted habla como si ya gobernara. Ella inclinó la cabeza, casi divertida. —No necesito gobernar. A mí me basta con ser el símbolo. La frase quedó suspendida. Y por un instante, todos entendieron que Helena, embarazada, radiante, era más peligrosa que cualquier caudillo armado o empresario millonario. No necesitaba gritar, ni prometer: su sola presencia los obligaba a rendirse. Ramiro asintió con un gesto cansado. —Está hecho. Serrano ya no cuenta con nosotros. Helena se levantó despacio, apoyándose con gracia ...
... en la mesa. El vestido rojo resbaló sobre su cuerpo como un sello de fuego. Antes de marcharse, se detuvo en la puerta. —Recuerden esto —dijo sin mirar atrás—: Serrano es pasado. Y yo… soy el recordatorio de lo que no pueden perder. Salió con paso lento, sereno, como si el mundo entero tuviera que ajustarse al ritmo de su respiración y al peso solemne de su embarazo. __ Domingo de elecciones Ciudad de México, madrugada. Casa en Coyoacán El cielo comenzaba a palidecer detrás de los árboles. Esa hora indefinida, tan frágil, donde la noche no se ha ido del todo y el día aún no se atreve. Damián estaba de pie, descalzo, en la terraza. Tenía los brazos cruzados y la mirada clavada en el horizonte, como si esperara una señal. No había dormido. No podía. La ciudad lo envolvía con sus murmullos lejanos: un motor aislado, el ladrido de un perro, una sirena en la autopista. El mundo se inclinaba hacia algo. Y él lo sabía. Su camisa blanca estaba arrugada, apenas abotonada. El viento leve del sur la agitaba, como si también lo empujara a moverse, a hacer algo, a decir algo. Pero Damián ya no hablaba solo. Había aprendido a guardar cada palabra como un proyectil. Detrás de él, la puerta corrediza se abrió sin ruido. Helena apareció envuelta en una bata delgada, el vientre redondo apenas cubierto por la tela. Traía el cabello suelto, húmedo de sudor o de sueños. Sus ojos, aún adormilados, brillaban con un fuego doméstico, íntimo, antiguo. —¿Llevas mucho ahí? ...