1. Inquilina prohibida #1


    Fecha: 16/09/2026, Categorías: Incesto Autor: Blanca Steel, Fuente: TodoRelatos

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    Podría ser mi padre perfectamente, y tenía que repetirme las dudas que se me planteaban al pensar en él de una forma diferente.
    
    Entre tantas dudas hice lo único que podía hacer: tragar más profundo, con más ansias y mirando la cara de placer que ponía Marco mientras se la chupaba con tantas ganas.
    
    —Joder, cariño, sí que estabas cachonda. Tendré que llevarte más a menudo al restaurante al que hemos ido, si vas a ponerte así. —Dijo Marco, sorprendido por las ganas con las que chupaba. Y a mí se me escapó una risita aún con la polla en la boca.
    
    Y pensé que tenía razón, ¿cómo era posible que yo, que siempre había sido tan fina y tranquilita, le estuviera echando tantas ganas? Pero no solo eso, sino que, además, estuviera pensando en lo que estaba pensando.
    
    Me sentí muy guarra y sucia por esos pensamientos, y pensé que hoy tendría que dejar que me hiciera lo que quisiera por ello. Pero seguí chupando con ganas, con tantas ganas que hasta Marco tuvo que decirme:
    
    —Para cariño, que si no paras no llego a la cama antes de ...
    ... correrme.
    
    Entonces liberé su miembro de mi boca, y al hacerlo algunas babas se pegaron a mis labios, creando una guarrada de puente de babas entre la polla y mi boca que dejó flipando a Marco. Me limpié la boca tan rápido como pude y me puse roja, pero en la penumbra no se notó mucho.
    
    Marco me ayudó a incorporarme y, cuando estuve de pie, me dio un beso que se sintió muy húmedo y lleno de saliva, y eso hizo que me sonrojara aún más, pero los dos nos reímos.
    
    Si Marco hubiera sabido el motivo de tantas babas y el origen de mis sorprendentes ganas, no sé si se hubiera reído tanto.
    
    Pero ignorando eso, nos tumbamos en la cama, los dos desnudos. Él se colocó y yo me abrí de piernas, dejándole espacio para que se acomodara encima de mí. Su cuerpo ya estaba caliente y sudoroso, y el mío no tardó en igualarlo. El roce de su piel contra la mía me estremecía, y sus caricias torpes pero deseosas recorrían mi vientre, mis muslos, mis pechos. Me mordí el labio cuando sus manos atraparon mis pezones, duros y sensibles, y sus labios bajaron por mi cuello dejando un rastro cálido y húmedo que me hizo arquear la espalda.
    
    Me embestía con fuerza, con ritmo, sus caderas golpeaban contra las mías y nuestros cuerpos chocaban en una sinfonía de gemidos, jadeos y respiraciones entrecortadas. El colchón crujía bajo nosotros, húmedo ya por el sudor, por la fricción. Su aliento cargado con vino y deseo me llenaba los oídos y la nariz, y aun así, con todo ese acto tan físico e intenso, mi mente no ...
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