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Compañeros de habitación - Capítulo 1: Llegadas
Fecha: 22/09/2026, Categorías: Grandes Relatos, Autor: nowbly, Fuente: TodoRelatos
... poco. —Luis. Encantado, tío —dijo, estirando la mano desde la cama. Notó el apretón tímido del otro, la piel suave, los dedos largos. Miguel se movió por la habitación con esa torpeza dulce de quien no quiere molestar. Se quedó un momento de pie, analizando el espacio, y luego dejó la maleta junto a la cama vacía. Luis, desde su sitio, lo observó sin disimulo. Había algo magnético en la forma de moverse de Miguel, como si todo en él estuviera ligeramente contenido, como si hubiese una versión más intensa de sí mismo que aún no se permitía mostrar. —¿De dónde vienes? —preguntó Luis, sin dejar de mirarlo. —De Oviedo —respondió Miguel, sin girarse—. Hoy ha sido un día largo. Luis asintió, incorporándose del todo. Su torso musculado quedó a la vista, el vello del pecho bajando en una línea difusa hacia el ombligo, y Miguel lo notó de reojo. Fue apenas un segundo, pero suficiente para que le subiera un calor inesperado por la nuca. —Yo llegué esta mañana —dijo Luis—. Ya me ha dado tiempo a medio instalarme. Y a conocer a media planta, la verdad. —¿Ah, sí? Qué rápido. —Bueno, me muevo fácil. ¿Tú qué vas a estudiar? —Arquitectura. Siempre quise. Aunque… da vértigo empezar. —Seguro que se te da bien —respondió Luis, sincero—. Tienes pinta de empollón de los buenos. Miguel sonrió por primera vez. Su sonrisa era sutil, íntima, como si no la regalara con frecuencia. Luis la notó y pensó que aquel chico tenía algo. No sabía aún qué, pero algo. —¿Y ...
... tú? —Ingeniería. Aunque si me preguntas dentro de dos años igual me he cambiado —rió—. He venido por una beca. Jugaba al rugby. Hasta hace poco. Miguel lo miró ahora más directamente, y se dio cuenta de lo grande que era. Tenía hombros amplios, piernas fuertes, una piel tostada de sol del sur. Y, sin embargo, había algo relajado en su forma de estar, como si no necesitara demostrar nada. —Pues… —dijo Miguel, buscando algo que decir—. Yo nunca he compartido habitación. Ni siquiera en campamentos. Esto va a ser nuevo. Luis lo miró con una ceja alzada y una sonrisa ladeada. —Tranqui. Mientras no me quites la manta ni pongas reguetón a las siete de la mañana, nos vamos a llevar bien. El comentario fue simple, pero Miguel rió, y en su risa se rompió la tensión del primer encuentro. Durante un segundo, los dos se quedaron en silencio, como si el cuarto hubiera respirado con ellos. Miguel se sentó en su cama y empezó a abrir la maleta. Sacó libros, camisas dobladas con cuidado, un estuche rígido, unos cascos grandes. Luis lo observó sin decir nada, reconociendo en esos gestos algo que le resultaba ajeno: la disciplina, la contención, la preparación. Le gustaba. Y, sin saber muy bien por qué, le daban ganas de revolverle un poco ese orden. Aflojó la espalda contra el cabecero y se estiró. —Madrid mola, ¿eh? Miguel alzó la vista, como si acabara de darse cuenta de que sí, estaba en Madrid, solo, en una habitación con un chico que parecía sacado de otro ...