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Relajos y pingas 1
Fecha: 24/09/2026, Categorías: Hetero Infidelidad Autor: Pachito, Fuente: SexoSinTabues30
Capítulo 1: La fiebre de la noche El calor de Lima me pega en la piel como una bofetada, pero no es nada comparado con el fuego que me quema por dentro. Estoy en un hostal barato en Miraflores, de esos con paredes finas donde los gemidos se cuelan como si fueran parte del decorado. La blanquita debajo de mí, una turista gringa que conocí anoche en una discoteca de Barranco, está jadeando como si el mundo se acabara. Su piel pálida brilla bajo la luz tenue de la lámpara, y sus tetas, pequeñas pero firmes, tiemblan cada vez que la empujo contra el colchón. No sé su nombre, y no me importa. Solo sé que sus ojos azules me miraron con hambre en la pista de baile, y ahora estoy aquí, devorándola. Me deslizo hacia abajo, mis manos agarrando sus muslos blancos como si fueran de porcelana. Su coño está rosado, húmedo, y huele a deseo puro. Le paso la lengua despacio, saboreando cada pliegue, y ella suelta un gritito que me hace sonreír. “carajo, qué rico”, murmura, con ese acento yanqui que me pone más duro que una piedra. Mi pinga, de 23 centímetros, está tiesa contra la sábana, palpitando como si tuviera vida propia. Sigo lamiendo, chupando su clítoris con fuerza, mientras ella se retuerce y me agarra el pelo. Sus caderas se mueven solas, buscando más, y yo se lo doy, metiendo un dedo en su coño mientras mi lengua no para. Está tan mojada que siento el calor chorreando por mi mano. “Para, para… quiero probarte”, dice de repente, con la voz entrecortada. Me incorporo, y ...
... ella se arrodilla frente a mí, sus ojos brillando con una mezcla de curiosidad y lujuria. Agarra mi pinga con ambas manos, como si midiera el peso de un trofeo, y se la mete a la boca sin dudar. carajo, qué calor. Su lengua se mueve torpe al principio, pero pronto encuentra el ritmo, chupando la punta mientras sus manos acarician lo que no le cabe. Me mira desde abajo, con esa carita de niña buena que no engaña a nadie, y yo le empujo la cabeza un poco más, sintiendo cómo mi pinga le roza la garganta. Ella gime, y el sonido vibra en mi piel, haciéndome apretar los dientes para no acabar ahí mismo. “Así, blanquita, no pares”, le digo, mi voz ronca, mientras el placer me sube por la columna. El hostal huele a sudor y a sexo, y los ruidos de la calle —los cláxones, las risas de los borrachos— se mezclan con los chasquidos de su boca en mi pinga. Esto es Lima, cruda y viva, y yo estoy en el centro de todo, con esta gringa arrodillada, entregándose como si no hubiera mañana. La blanquita sigue chupándome la pinga con una desesperación que me tiene al borde, pero no quiero acabar así. No todavía. La agarro del pelo, suave pero firme, y la levanto para tirarla de nuevo en la cama. Ella suelta una risita nerviosa, sus ojos azules brillando bajo la luz amarillenta del hostal. “carajo, qué fuerza”, murmura, mordiéndose el labio, y yo solo sonrío. Las calles de Miraflores están vivas afuera, con el ruido de los taxis y el eco de alguna cumbia lejana, pero aquí dentro solo se escucha ...