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Relajos y pingas 1
Fecha: 24/09/2026, Categorías: Hetero Infidelidad Autor: Pachito, Fuente: SexoSinTabues30
... su respiración agitada y el crujir de las sábanas baratas. Me coloco entre sus piernas, abriéndolas con las manos. Su coño está empapado, reluciendo como si me estuviera rogando que entre. Mi pinga, dura como cemento, roza su entrada, y ella suelta un gemido bajo, arqueando la espalda. “Métemela ya, por favor”, dice, con ese acento gringo que suena a película porno barata. No la hago esperar. Empujo despacio al principio, sintiendo cómo su calor me envuelve centímetro a centímetro. Está apretada, carajo, y cada movimiento me hace apretar los dientes para no perderme en el placer. Ella clava las uñas en mis hombros, soltando un “¡Ay, mierda!” que me saca una carcajada. Empiezo a moverme, primero lento, dejando que sienta cada pedazo de mi pinga mientras se acostumbra. Pero no pasa mucho antes de que el ritmo se me escape de las manos. La embisto más rápido, más fuerte, el sonido de nuestros cuerpos chocando llenando la habitación. Sus tetas rebotan con cada empujón, y ella no para de gemir, mezclando palabras en inglés con gritos que no necesitan traducción. “¡Más, más, carajo!” grita, y yo le doy gusto, levantándole las piernas para clavarla más profundo. La cama chirría como si se fuera a romper, pero no me importa. Que se joda el hostal, que se joda todo. Solo existe este momento, su coño apretándome y sus gemidos volviéndome loco. El calor de Lima se mezcla con el sudor que nos cubre, y el aire se siente espeso, cargado de sexo. La miro a los ojos, y ella me ...
... sostiene la mirada, con la boca entreabierta y las mejillas rojas. “No pares, carajo”, jadea, y yo acelero, sintiendo cómo el placer me sube por las venas como un incendio. Esto es puro, crudo, y no hay nada más vivo que esto en todo el maldito Perú. El ritmo es frenético ahora, mi pinga entrando y saliendo de su coño con una furia que parece sacada de un sueño febril. La blanquita está deshecha debajo de mí, sus piernas temblando sobre mis hombros, sus uñas marcándome la espalda como si quisiera dejarme un tatuaje. “¡carajo, no pares, carajo!” grita, con ese acento gringo que se quiebra entre gemidos. El hostal en Miraflores parece vibrar con nosotros, las paredes finas dejando pasar el eco de una combi acelerando en la calle y el murmullo de la noche limeña, pero todo eso se desvanece. Solo estamos ella y yo, sudando, chocando, perdidos en esta locura. Siento el calor apretándome, su coño tan mojado que cada embestida suena como un chapuzón. Me inclino hacia ella, mordiéndole el cuello, y ella suelta un chillido que se mezcla con una risa salvaje. “¡Eres una bestia!” dice, y yo solo gruño, porque no hay palabras para esto. Mi pinga está al límite, palpitando, y sé que no voy a aguantar mucho más. Ella lo sabe también, porque me mira con esos ojos azules, brillantes de lujuria, y susurra: “Acaba adentro, quiero sentirte”. carajo, esas palabras me prenden como gasolina. Doy unas últimas embestidas, profundas, brutales, y entonces exploto. Siento cómo la leche sale a ...