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Capítulo 11: el dolor de la libertad
Fecha: 09/10/2026, Categorías: Grandes Series, Autor: Gregor, Fuente: TodoRelatos
... habían negado el derecho a leerlo. Respiró profundo y siguió lavándose, como si nada. Como si fuera posible seguir adelante solo con agua. Cuando salió de la ducha, el vapor la siguió como una sombra. Se envolvió en una toalla blanca, grande y suave, que olía a Mariana: a vainilla, a flores y a algo más… algo más oscuro. Como si la toalla hubiera abrazado antes a alguien que no se había ido del todo. Al abrir la puerta, el aroma a café recién hecho la recibió como un abrazo. El desayuno ya estaba servido en la mesa baja de la sala, sobre una bandeja negra con bordes dorados. Mariana lo había preparado todo con cuidado, con detalles que no parecían casuales. Había pan recién horneado, crujiente por fuera y suave por dentro. Mantequilla derretida en una pequeña cubitera de cristal. Mermelada de fresa, brillante y espesa. Huevos revueltos, cremosos y con un toque de queso parmesano. Tocino crujiente, con esa textura perfecta entre tierno y dorado. Jugo de naranja natural, servido en una copa alta, con una rodaja de lima en el borde. Y, por supuesto, café. Negro. Fuerte. Con un toque de azúcar que Claudia no recordaba haberle mencionado, pero que Mariana sabía exactamente cómo preparar. —Te hice tu café como te gusta —dijo Mariana, sin levantar la vista, con una sonrisa que era más una confesión que un gesto—. Con dos cucharadas de azúcar, pero sin leche. Te hace sentir más despierta, ¿no? Claudia asintió, aún envuelta en la toalla, sin atreverse a sentarse del ...
... todo. No porque no quisiera, sino porque no sabía cómo actuar. No después de haber visto el cajón. No después de haberse leído PUTITA en la piel bajo el chorro de la ducha. Mariana la miró. Y no fue una mirada casual. Fue una mirada que recorrió su cuerpo con lentitud, deteniéndose en los pezones endurecidos bajo la toalla, en la humedad que aún quedaba en su pelo, en la forma en que sus dedos se aferraban al tejido como si fuera su único escudo. —Puedes sentarte —dijo, con una voz baja, casi seductora—. No voy a comerte. Aunque, si tú quisieras… —dejó la frase a medias, con una sonrisa que no terminaba de ser amable—, tal vez lo haría. Claudia tragó saliva. No sabía si era una broma. No sabía si quería que lo fuera. Se sentó frente a ella, con la toalla aún cubriéndola, y tomó el tenedor. Comió despacio, como si cada bocado fuera una forma de retrasar el momento en que tendría que hablar. Pero Mariana no la apuró. Solo la miró. Solo la observó. Y Claudia, entre bocado y bocado, entre sorbo y sorbo, se sintió por primera vez en días… protegida El desayuno se alargó más de lo que ambas esperaban. Las palabras se mezclaban con el aroma del café, el crujido del pan y el sonido sutil de los cubiertos sobre la porcelana. Mariana escuchaba con atención, con esa paciencia que a veces parecía fingida, otras veces sincera. Claudia hablaba sin parar, con la voz quebrada, como si cada frase fuera un intento de deshacerse de algo que ya no podía cargar más. Le contó ...