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Sudor, Hormonas... y Marcos
Fecha: 06/11/2026, Categorías: Gays Autor: internauta, Fuente: TodoRelatos
🏋️ Capítulo 1: La primera mirada Me llamo Marcos. Tengo 18 años recién cumplidos, y no sé muy bien por qué coño estoy entrando en este gimnasio de barrio lleno de tíos enormes, sudorosos y tatuados, todos con esa pinta de machotes de anuncio. Yo, en cambio, parezco una puta palomita a su lado: delgadillo, con poco vello, ni en axilas ni en las piernas, piel blanca, cuerpo definido de tanto deporte pero nada de volumen, nada de esos músculos de bestia que se marcan con las venas reventadas. Mi voz además es algo afeminada, y eso hace que todo el mundo me mire raro. Hoy me apunté al gym sin saber que había un grupito de opositores a bombero que entrenaban aquí mismo. Tíos de 18 también, igual que yo, pero con un físico que me revienta la cabeza: dorsales abiertos, hombros de cemento, mallas ajustadas que les marcan el rabo como un puto mastil. Me sentí pequeñito al verlos. Me entró un cosquilleo en la tripa, raro, incómodo... pero me puso. No me atrevo a mirarlos de frente, pero es imposible no verlos: uno moreno, altísimo, con unas venas marcadas en los bíceps; otro rubio con la sonrisa de cabrón y los brazos hinchados; uno más castaño, un pelirrojo pecoso, y el otro, un moreno de barba con la mirada de matón. Todos van con camisetas ajustadas o sin mangas. Me crucé con ellos cerca de las espalderas. Me vieron enseguida. Se miraron entre ellos. Y el primero en lanzarse fue el alto, moreno, con voz profunda: —¿Y este quién es? —soltó mirándome de arriba ...
... abajo—. ¿Tú qué, princesita, vienes a hacer pilates o qué? Me quedé helado. Me temblaron hasta los huevos. —Deja al chaval —dijo el rubio, con una sonrisilla de cabrón—. Míralo qué fino. Igual le mola ver rabos marcados, ¿no? Se rieron todos. Sentí que me ardían las mejillas. —No, no… —balbuceé—. Yo solo… vengo a entrenar. El castaño me pegó un empujón suave en el hombro, casi de broma, pero sentí su fuerza brutal. —¿Entrenar qué, maricona? Aquí entrenamos hombres, no ratillas —me dijo con desprecio, aunque vi que se le dibujaba media sonrisa, como si disfrutara humillándome. Me quedé paralizado. El pelirrojo se acercó aún más, y me olió, así, descarado, pegando la nariz a mi cuello: —Huele a colonia de nenaza… —dijo riendo—. ¿Seguro que no vas a hacer zumba? Se partieron el culo otra vez. Mi polla se movió un poco, la noté dura de repente, y me asusté de mí mismo. ¿Por qué coño me ponía tan cachondo que me insultaran? Entonces aparecióDiego, el monitor estrella, el que manda. 22 años, moreno, con los brazos más tochos que he visto en mi vida, tatuaje en el bíceps, axilas peludas que casi asomaban por el tirante de la camiseta, voz rota de macho total, y un bulto que parecía imposible de ocultar. Siempre se lo acomodaba, metiéndose la mano sin disimulo. —¿Qué pasa aquí? —dijo, plantándose delante de todos con autoridad. Los opositores se callaron un segundo. Diego me miró con cara de escanearme, fijándose en cada detalle, su sonrisa torcida de ...