1. El reencuentro tórrido con Agica


    Fecha: 10/12/2017, Categorías: Incesto Autor: Barquidas, Fuente: CuentoRelatos

    1ª PARTE Acudí tarde al entierro. Supuse que una multitud de gente abarrotaría el cementerio, que llegando al final de la ceremonia poca gente se fijaría en mí. No quería que se fijaran en mí. Por la misma razón no había asistido al sepelio en la iglesia. En realidad, solo quería pasar desapercibido para la familia. O sea, para ella. Para mi hermana. Mi plan no surtió efecto. Un reducido grupo de asistentes, no más de una docena, era todo lo que me encontré. Ya no recordaba que no teníamos familiares. Solo amistades. Y muy pocas. Mi llegada intempestiva hizo volver las cabezas a las pocas personas que se encontraban. Entre ellas, la de mi hermana, Sandra. Su mirada, incluso de soslayo, incidió en mi cara con tal intensidad que me vi obligado a agachar la cabeza. Por miedo o por vergüenza, no sé, tomé asiento lejos del grupo, interponiendo dos filas de sillas vacías entre ellos y yo. Maldije mi suerte. Mi hermana seguía siendo una mujer bella. Tras tantos años. Incluso vestida de negro. El sacerdote intercaló un suspiro de molestia en su discurso. Como si llegar tarde fuese una afrenta para su trabajo. Quizá, influido por el tiempo, su ánimo estaba nublado y oscuro, al igual que las densas nubes que se arremolinaban en el cielo encima de nosotros. Nubes cargadas de negrura, tiñendo todo alrededor nuestro de un barniz siniestro, sucio. El aire se humedeció con rapidez, convirtiéndose en bochornoso. Las palabras del sacerdote se fueron volviendo pesadas y empalagosas. Difíciles ...
    ... de entender, lentas de digerir. Se hacía difícil respirar sin poder desabrocharse el botón superior del vestido, agitar un abanico o aflojarse la corbata. Cuando, por fin, el cura terminó su panegírico, los pocos asistentes se colocaron en fila para depositar una flor sobre el ataúd. Yo había acudido con las manos vacías así que evité levantarme. Fue un error quedarme sentado; cuando los demás volvían a sus asientos, sus miradas me taladraron de frente. Solo me importaba una de ellas, la de Sandra. Y fue la única de la que tuve que esconder la mirada. Terminada la ceremonia, caminé hasta el coche de alquiler. Buscaba evitar preguntas incómodas. Estaba aparcado convenientemente cerca, listo para la huida. Pero no tan cerca como quise. Sandra me alcanzó a la vez que sacaba del bolsillo las llaves del coche, junto a la puerta. ¿Ya te vas? Asentí con la cabeza. Cualquier palabra se me habría atragantado en la garganta. ¿Ni siquiera vas a saludar a mi marido? ¿Ni a conocer a tus sobrinos? La noticia de que mi hermana estaba casada y era madre me sacudió las tripas. Pero soporté el golpe mejor de lo que esperaba. Al menos, no la había mirado a la cara. Tengo... tengo prisa —respondí. Quería huir. Lo más lejos posible. ¿Tienes prisa? Ni me saludas y lo único que dices es que tienes prisa. Quise abrir la puerta pero Sandra apoyó una mano en el cristal de la puerta. La miré a través del reflejo. La imagen deformada del cristal no pudo deshacer la belleza de su rostro contraído por la ...
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