1. Ana (9)


    Fecha: 06/01/2018, Categorías: No Consentido Autor: Gabriel B, Fuente: CuentoRelatos

    ... al mismo tiempo que ella, sus labios se tocaron, e inevitablemente se fundieron en un beso. Alberto no pudo más, y ante semejante imagen eyaculó en el rostro de ambas mujeres. — Lamele toda la leche de la cara. —Ordenó el hombre. Ana no tardó en obedecer, y procedió a pasar la lengua por todas las partes del rostro de su amiga, donde había sido salpicada, para luego tragárselo todo. — Vos también negrita. —le dijo Alberto a Micaela. Ella titubeó, pero no tardó en hacer lo propio. Al final ambas terminaron limpias, aunque con la cara un tanto brillosa por la saliva. Alberto quería seguir divirtiéndose, pero entonces alguien golpeó repetidamente la puerta con furia. Alberto se paralizó durante un momento, cosa que Ana aprovechó para salir corriendo y abrir la puerta. Entonces entró su desquiciado vecino, hecho un demonio, y con una pistola en la mano, y Ana lo amó como nunca creía que podría amarlo. — ¡Soltá el cuchillo, hijo de puta! Luego todo sucedió muy rápido. Alberto todavía estaba cerca de Micaela, y podría lastimarla, pero ante el arma de fuego se asustó y se desarmó. El vecino se le fue al humo y le dio tal paliza, que la propia Ana tuvo que separarlos y pedirle que deje de pegarle. No era compasión, sino que no quería ...
    ... que un tipo medio muerto salga de su departamento. Alberto salió corriendo como mariquita. Toda la hombría que tenía ante dos mujeres, y con un arma en la mano, se habían evaporado. Ya no sabrían más de él. Entonces reparó en Micaela, y se dio cuenta de que las cosas no habían salido tan bien después de todo. Estaba shockeada. La herida de su cuello cicatrizaría pronto, pero sus lesiones psicológicas tardarían mucho más en desaparecer, si es que alguna vez lo hacían. Luego del suceso, se siguieron viendo durante un tiempo, pero Micaela inventaba cada vez más excusas para cancelar sus citas, y paulatinamente dejaron de verse sin siquiera haber cortado formalmente. Ana se encontraba sola otra vez. Al principio sintió un vacío enorme que parecía comérsela por dentro, pero luego se acostumbró, al fin y al cabo, siempre estuvo sola. Por su parte, como era de esperar, a partir del acto heroico, su vecino se sintió con derecho a reclamar una recompensa, y esa recompensa no podía ser otra cosa que el cuerpo de Ana. La sometería a muchas vejaciones para saciar su retorcido amor hacía ella, y a diferencia de lo que sucedió con Alberto, en esta ocasión sería totalmente consentido. Pero eso ya es para otro cuento. Fin del capítulo nueve. 
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