Profesora particular
Fecha: 13/02/2025,
Categorías:
Hetero
Autor: Jano, Fuente: CuentoRelatos
Yo he terminado la carrera i aún no he encontrado trabajo. En realidad, tampoco lo busco. Nunca he tenido problemas de dinero, al contrario, podría decirse que soy rica. Mi familia siempre ha nadado en la abundancia. Debo reconocer que fui una niña muy consentida, mimada como la que más. Como todos mis hermanos. Bueno, quizá yo un poco más, al ser la única hija i la menor entre siete hermanos.
Hace unos días, para hacer un favor a unos de sus mejores amigos, mis padres me pidieron que diera clases particulares a Fernando, que estaba cursando segundo de un grado de tipo técnico y le costaban las matemáticas. Yo me quejé algo, pero mis padres insistieron e insistieron, que mientras no encontraba trabajo, que sólo serían unas horas a la semana, que los padres del chico eran tan buena gente, sus mejores amigos… Lo cierto es que mis notas habían sido perfectas, las más altas de la clase y no me supondría ninguna dificultad ayudar al chico. Así que acepté, más que nada para contentar a mis padres. Y sí, se pusieron muy contentos. Al igual que los de Fernando, que me querían como a una hija desde siempre.
Hacía bastantes años que no veía a Fernando, desde antes de que yo empezara en la universidad, cuando había cumplido los dieciocho y él tendría unos trece o catorce. Le recordaba como muy tímido y que estaba algo gordo, a diferencia de su hermano mayor, Leo, que era muy extravertido y atlético. Hablé con sus padres y se les notaba muy alegres cuando supieron que ayudaría a ...
... su hijo. Insistieron en pagarme las clases y aunque yo me negué y me negué, al final tuve que claudicar y aceptar cobrar, mucho más dinero del que me hubiera imaginado, pero me dijeron que la confianza que me tenían y mis notas extraordinarias bien lo merecían. Quedamos que iría a su casa los martes y los jueves al atardecer, que son las horas que él tenía libres. Y a mí me daba igual, porque no tenía nada concreto que hacer ningún día, aparte de ir al gimnasio y perder el tiempo con cualquier tontería.
Mi primera sorpresa es cuando me abre la puerta Fernando y casi no lo reconozco. Me saca al menos un palmo, y yo no soy bajita, más bien al contrario. Se le ve un cuerpo fuerte y grácil. Que se ha puesto muy guapo, vaya! Nos saludamos encajando la mano, muy formales.
- Fernando, casi no te conozco! Estás hecho todo un hombrecito!
- Eh, ya, claro, Esther, hace tiempo que no nos veíamos.
- Cuantos años tienes?
- Yo? Veinte. Pronto veintiuno!
- Ah, ya te digo, todo un hombrecito!
- Pues… sí. – se sonroja y veo que sigue siendo tímido.
- Y muy guapo!
- Yo… gracias, Esther! Eres muy amable!
- Es la verdad. Y a mí, no me dices nada, cómo me ves? – pongo las manos en mi cintura e hincho algo el pecho, sonriendo.
- Ah, bueno… estás muy… muy bien! – parece que sus mejillas van a incendiarse de un momento al otro.
En esa clase vi que a Fernando le costaba bastante entender la materia. Aparte de que le sorprendí en un par de ocasiones mirándome el pecho ...