Una maestra que me enseñó mucho
Fecha: 16/03/2025,
Categorías:
Confesiones
Autor: El Manso Embravecido, Fuente: CuentoRelatos
A la edad de 24 años decidí prepararme para unas oposiciones. Busqué una academia y me informé de cómo es el temario y del horario de las clases. El temario se dividía en tres materias, que las impartían tres docentes, una maestra y dos maestros, para ser exactos. A la maestra la llamaremos Julia, para proteger su intimidad.
En clase éramos veinte alumnos. Pero cuando Julia daba sus clases posaba su mirada en mí continuamente, como si yo fuera el único alumno de la clase. Estaba claro que me estaba haciendo ojitos. Pero, ¿cómo abordarla? En el despacho de profesores era imposible pillarla sola, siempre había algún maestro pululando por allí.
Julia era toda una señora. Yo nunca la vi en vaqueros y camiseta. Siempre iba con blusas, falda-pantalón, faldas plisadas, pantalones de tela cara, etc. O sea, nada que ver conmigo. Yo era y sigo siendo más de sport, estilo informal. Por eso mismo me sorprendió su interés en mí.
Sus continuas miradas hacia mi persona curiosamente no me ponían nervioso, más bien me sentía alagado.
Tenía que planear la forma de comunicarme con ella a solas para poder aclarar el asunto. Entonces tomé la decisión de, como una vez por semana nos hacían un examen de seguimiento, pues cuando nos lo pusiera Julia, yo entre las preguntas 7 y 8 (para que pasara desapercibido y no se notara tanto por si algún fisgón se fijaba), anoté mi número de teléfono con esta pequeña nota “Tu mirada me derrite, Julia. Llámame y hablamos de nuestros respectivos ...
... sentimientos”.
En 1997, que fue cuando ocurrió esto, aun no existía el WhatsApp y los teléfonos móviles eran auténticos zapatófonos como los que utilizaba Mortadelo.
Fueron días de espera insufribles. Sentía taquicardias. Por momentos me arrepentía de lo que había hecho. ¿Y si todo era fruto de mi imaginación? ¡Qué vergüenza! Si no me llamaba estaba dispuesto a cambiar de academia. No había más remedio. ¿Cómo presentarme en clase después de hacer este ridículo tan espantoso?
¿Ya había corregido mi examen o todavía lo tenía en el montón de “Pendientes”? Un mar de dudas me invadía. Temía que me fuera a dar un infarto en cualquier momento de lo nervioso que estaba.
Al tercer día de espera suena el teléfono. Era un número desconocido. Un sudor frío me empezó a recorrer por la frente. ¿Era ella? ¿Me llamaba para decirme lo guapo que soy o para echarme la mayor bronca de mi vida?
Con manos temblorosas descolgué el teléfono y contesté con un tímido “¿Diga?”. Era ella.
–Hola Jonathan, ¿cómo estás? Tuviste una buena idea con lo de apuntar tu teléfono en el examen. Yo soy una mujer casada y esta ciudad es demasiado pequeña. Los chismes corren como la pólvora y yo tengo una reputación que cuidar. ¿Cómo hacemos para quedar y hablar tranquilamente?
–¿Conoces la cafetería Siracusa? –le comenté–. Está en las afueras de la ciudad y no es muy concurrida. No creo que haya riesgo de que nos vea algún conocido.
Ella accedió a quedar en ese lugar al día siguiente a las 11 de la ...