1. Una maestra que me enseñó mucho


    Fecha: 16/03/2025, Categorías: Confesiones Autor: El Manso Embravecido, Fuente: CuentoRelatos

    ... llegó el alba. Me ducho y salgo disparado a buscarla.
    
    Ya de camino al motel, los dos tortolitos íbamos expectantes y felices. De vez en cuando poso mi mano sobre sus muslos y se los acaricio. Ella me mira de soslayo y sonríe.
    
    El motel era un conjunto de barracones adosados al estilo del de la película de Psicosis de Alfred Hitchcock. Menos mal que eran las 11 de la mañana y no las 11 de la noche, que si no, allí no me quedo. La recepcionista nos dio el compartimento nº 13. Yo no soy supersticioso y nada me iba a estropear el encuentro.
    
    Nada más entrar en la habitación comenzamos a besarnos con locura al mismo tiempo que nos desnudamos mutuamente.
    
    Julia tenía unos pechos preciosos, como quesos de tetilla. No les di ni un segundo de descanso hasta tenerlos bien relamidos y chupeteados.
    
    Ella llevaba unas medias de cristal a juego con unos ligueros negros que me encendieron tanto la libido, que no le permití que se los sacara.
    
    A Julia le encanta la postura a cuatro patas, pero antes decidimos practicar la tradicional, la del misionero. Empecé a un ritmo muy lento, un mete-saca cada dos segundos. Para ir poco a poco acelerando a un mete-saca por segundo, dos mete-sacas por segundo… hasta por fin llegar a tres mete-sacas por segundo. En alguna ocasión aceleré a cuatro mete-sacas por segundo, pero tuve que volver al ritmo precedente por lo agotador del esfuerzo.
    
    Julia tenía los ojos entornados y la boca entreabierta. Jadeaba sin descanso. Yo, mientras, le ...
    ... besaba todo el rostro y el cuello, el cual mordía a modo de vampiro.
    
    Pronto le invadió un orgasmo enloquecedor y entonces fue ella la que me mordió el cuello a mí, como si quisiera arrancarme un pedazo de carne.
    
    Decidimos pasar a su postura preferida.
    
    Julia se colocó a cuatro patas y yo, agarrándola bien por la cintura, le di la caña que se merecía y que su marido no le daba (según me contó después). En algunas ocasiones la sujetaba por sus hombros para entrar con más ímpetu en sus entrañas. Como Julia llevaba el pelo suelto y no podía ver la cara de vicio que ponía, a veces se lo recogía con mis manos a modo de coleta y como si fueran las riendas de un caballo tiraba hacia atrás, con delicadeza. Ella me miraba sonriente y me decía:
    
    –Dame duro, cariño, sin compasión. Esta yegua necesita que la monten bien. Sin cortesías.
    
    Intenté aguantar todo lo que pude, manteniendo la mente en blanco o repasando la tabla de multiplicar, para no correrme aún. Pero al fin, me corrí dentro de su coño hasta dejarla bien saciada de lefa. Ella tuvo casi al mismo tiempo que yo una explosión de éxtasis, que la dejó tumbada boca abajo en la cama por espacio de un minuto, sin decir palabra y resoplando.
    
    Fue el primero de tantos encuentros que tuvimos a lo largo del año y medio que duró el curso.
    
    El examen lo aprobé, pero como era concurso-oposición no saqué plaza al no llegar al corte necesario. Pero no fue un tiempo perdido.
    
    Sin embargo, al terminar el curso la cosa se fue ...