1. Una mañana de footing muy especial


    Fecha: 05/08/2025, Categorías: Relatos Cortos, Autor: El Manso Embravecido, Fuente: CuentoRelatos

    Como todas las mañanas, Tomás salió de su casa para dar unas vueltas corriendo por unas pistas de tierra que hay cerca de su urbanización y que la parcelaria creó para dividir unas fincas en forma rectangular muy similares en tamaño. Daban la imagen de un laberinto por el que es fácil perderse si no lo conoces lo suficiente.
    
    A los lejos observó la silueta de una chica haciendo estiramientos para empezar a correr también. Era alta, de 1,70 m, delgada, pelirroja y con el pelo recogido en una coleta, y no aparentaba tener más de 18 años.
    
    Tomás, que ya era un cuarentón, casado y con dos hijos, no le dio la menor importancia. Era una chica fitness más de tantas con las que se cruza a diario. La saludó al encontrarse con ella y siguió su ruta. Pero notó algo inquietante en la mirada de la chica, algo que le despertó sus instintos sexuales dormidos a esa hora de la mañana. La chica lo miró con deseo, Tomás lo tenía claro, su radar nunca le falla.
    
    El caso es que pasado ya un tiempo, como una hora, se la vuelve a cruzar en una de las pistas. Ella venía corriendo, sudorosa. Lo para y le dice:
    
    —Perdona que te interrumpa pero es que me olvidé de traer bebida y tengo mucha sed. ¿Te importa si bebo un poco de tu botella?
    
    —¡Qué me va a importar, mujer! —contestó Tomás—. Cógela tú misma de la mochila. Como por aquí no suele haber fuentes suelo traer una botella de litro y medio aunque sea incómodo para hacer footing. Tú no eres de por aquí, ¿no? No te tengo visto por estas ...
    ... pistas. Yo vivo aquí cerca.
    
    —No. Yo vivo en la otra punta de la ciudad y soy más de gimnasio, pero esta vez me apeteció más correr por zonas de monte.
    
    La chica desabrochó la mochila que Tomás tenía colgando de su espalda, sacó la botella y le pegó unos cuantos tragos.
    
    —El gimnasio me gusta más en invierno pero en plena primavera prefiero el aire puro que me ofrece este bosque –prosiguió Tomás—. Por cierto, yo me llamo Tomás, ¿y tú cómo te llamas?
    
    —Yo me llamo Elizabeth, encantada.
    
    La chica le metió la botella en la mochila, se la abrochó y le volvió a decir:
    
    —Muchas gracias por tu hospitalidad. Si me cruzo contigo otra vez te volveré a molestar, si no te importa, Tomás.
    
    —Tranquila, Elizabeth. No te cortes en pedirme más agua. Yo todavía voy a correr por espacio de una hora más.
    
    Se despidieron y cada uno siguió su camino. Pero Tomás se notaba muy excitado. Le sacaba el doble de edad a la chica, se sentía avergonzado por ello, pero su excitación sexual era superior y no le dejaba reflexionar con frialdad. Estaba deseando encontrarla otra vez pero no la veía por ninguna de las pistas. Corría y corría por todos los lados. Tomás tenía la ventaja de conocer todo aquel laberinto como su palma de la mano y hacía cálculos de por dónde Elizabeth podría estar y se dirigía hacia allí, pero sin éxito.
    
    Después de una insufrible búsqueda, de repente, se la encuentra tumbada en el suelo, cerca de un árbol, haciendo abdominales. Tomás la saluda y le pregunta en tono ...
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