-
Amores lejanos
Fecha: 05/01/2026, Categorías: Infidelidad Autor: Isabel, Fuente: CuentoRelatos
No voy a contar cómo fue que mi marido descubrió lo de Alejo. Fue una imprudencia mía, loca como estaba por él, loca por completo y sí, quizá con ganas de hacer lo que ahora estoy haciendo. No contaré lo duro que fue superarlo y, para él, perdonarme. Nunca sabrá que fui yo quien sedujo a Alejo, yo quien ansiaba cogérmelo. Nunca sabrá que aquello salvó nuestro matrimonio. Nunca sabrá que estuve otra vez, casi un año, sin más verga que la suya, ni sabrá que sé de ciencia cierta que necesito vergas, pero que las buscaré, las tendré con suma discreción y cuidado. La verdad es que en cuanto vi a Mariano me enculé durísimo. Yo estaba en su ciudad por cuestiones de trabajo (ya se habrán dado cuenta) para negociar algo con el gobierno de un estado del sur. Lo que importa es que al terminar el trabajo del primer día, él llegó por nosotros para ir a un bar: tres amigas saldríamos y una de ellas, casada, nos pidió permiso para hablarle… así que mientras ella se embellecía, yo que soy relativamente rápida para esos menesteres, charlaba con él en el loby del hotel. Me habló de su ciudad, una ciudad espléndida; me habló de su trabajo, que tenía que ver con la vida cultural de su ciudad… y yo lo miraba. Sus ojos brillaban en la penumbra y él brillaba con ellos, imaginé sus labios en mi cuello y sus manos de finos dedos en mi nuca. Lo miraba mirarme. ¿Cuánto dura una cerveza? Aquella alcanzó para hacerme creer que me miraba de manera especial. No es que lo entendiera de inmediato, ...
... de hecho, necesité varias semanas para entenderlo racionalmente, pero una parte de mi lo entendió. Lo entendió, porque se creó una corriente inmediata de atracción. Y yo lo miraba. Bajó mi amiga, su amante, y luego la tercera chica que nos acompañaría y partimos a un bar de copas. Me senté junto a él, del otro lado de mi amiga, y lo vi brillar. Envidié a mi amiga cuando él la besaba, cuando le hablaba a dos centímetros de su rostro, cuando acariciaba la piel enfundada en unos jeans hechos sólo para sus interminables piernas. Pero Dios existe y mi amiga no baila. No soy una gran bailarina, ya lo he dicho, pero me defiendo. Mariano, en cambio baila más que bien y me llevaba entre sus brazo mientras mi pantaleta se iba empapando y yo, aunque no debía, aunque sabía bien que por varias razones no debía, me seguía enamorando. La cercanía de su cuerpo felino, de movimientos de tigre, me permitía estrecharme contra su pecho sólido como una montaña. No bailamos más de tres canciones. No quería enamorarme perdida. No quería, pero uno no manda en esas cosas. Solo tres canciones, demasiados minutos de contacto, de roce de nuestros cuerpos, de sentir sus fuertes brazos desnudos, calibrar su cintura. Cada una de las terminales nerviosas de mi cuerpo, por una u otra vía, recibía el estímulo de su baile “Es mío, no seas puta”, me dijo mi amiga cuando nos sentamos, con una sonrisa torcida. Y yo lo recordé: esa noche no era, no podía ser mío. Esa noche no dormí. No me preocupaba ...