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Memorizarse
Fecha: 14/01/2026, Categorías: Hetero Autor: LucasDario, Fuente: TodoRelatos
... deleitarme, se acariciaba uno de sus pechos. Lo hacía con suavidad, cerrando los ojos un instante, como si lo que nos unía en ese momento se completara en su propio placer. Era una visión hipnótica. Una ofrenda. Una mujer que no pedía permiso, que se sabía dueña de su cuerpo y de su deseo, y que me daba en ese instante la versión más libre y poderosa de sí misma. Mi cuerpo entero respondía a cada movimiento suyo, y a la vez, mi alma se quedaba inmóvil, observándola, adorándola. Sus manos, su boca, su voz entrecortada al susurrar “así sí... esto es como siempre lo soñé”, me dejaban claro que aquello no era una simple entrega: era una declaración de independencia. De libertad. De pasión compartida. Y en el centro de todo eso, estaba yo. A su merced, pero no como esclavo. Como testigo y compañero de una revelación que me estaba marcando para siempre. Entonces ella se detuvo. Su boca, aún húmeda, dibujó una sonrisa satisfecha mientras, con un solo dedo, acariciaba la comisura de sus labios. Me miró con ese fulgor que ya no necesitaba palabras para expresar lo mucho que sabía del efecto que tenía sobre mí. —Ven —susurró, apenas audible, como si no quisiera romper la atmósfera que había creado con su cuerpo y su deseo. Nos levantamos, así desnudos, cogidos de la mano, cruzando el pasillo en silencio hacia lo que intuía era su dormitorio. La luz cálida de las farolas filtrada por las cortinas bastaba para guiar nuestros pasos. Lucía se deslizó con ...
... naturalidad boca arriba sobre la cama. La sábana blanca contrastaba con el tono de su piel, iluminada sutilmente por la penumbra. Se acomodó, sin perderme de vista, y alzó una pierna con suavidad, invitándome a acercarme. Me incliné sobre ella con reverencia, acariciando su mejilla primero, luego su cuello, y después, lentamente, bajando hacia su pecho. Su cuerpo se arqueaba con cada caricia, y susurraba, sin cesar: —No pares, por favor... no pares ahora. Mi boca exploraba su piel con un deseo atento, casi devoto. Mis manos la recorrían con lentitud, leyendo cada gesto, cada respiración, cada leve espasmo. Me perdí entre sus pechos, en su vientre, en la calidez de sus muslos. Ella gemía, bajito, como si el placer no cupiera en su voz. Y entonces fue inevitable. Me hice hueco entre sus piernas, apoyado con cuidado sobre la cama, y con un leve movimiento de caderas me sentí dentro de ella. Sentí su cuerpo recibir el mío con una dulzura indescriptible. Todo en ella parecía decirme "sí". Un sí absoluto. Un sí sin reservas. Al principio, los movimientos eran lentos, suaves, como si ambos quisiéramos memorizar cada segundo. Pero fue ella quien, con los ojos cerrados y las manos aferradas a mi espalda, me susurró con voz grave, cargada de urgencia: —Más... dámelo más fuerte. Más rápido. Súbete. Quiero verte. Obedecí. Me incorporé ligeramente, casi arrodillado entre sus muslos, ganando fuerza y perspectiva. Desde allí, pude ver sus pechos alzarse acompasados con su ...