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Antonio el camionero se folla a la Jessi
Fecha: 04/02/2026, Categorías: Hetero Autor: AntonioSPA, Fuente: TodoRelatos
Recomiendo leer antes el relato “Martín el camionero y la prostituta de pueblo” La tarde caía sobre la llanura manchega como una losa de fuego lento. Antonio el Camionero había dejado atrás un polígono cochambroso con la panza llena de torreznos fríos y el alma encendida por la historia que le había contado su colega Martín hacía unas semanas. Aquello no se le iba de la cabeza: una chavala jovencita, prostituta, ofreciendo sus servicios en su casa familiar con la naturalidad de quien pela una naranja. Con una madre que ofrecía gazpacho entre polvo y polvo, una abuela con más curiosidad que filtros, y un padre que miraba el folleteo como si viera un partido de fútbol. Antonio, que había visto mundo y mamado más tetas que un paritorio, no era fácil de impresionar. Pero esa historia… esa historia tenía algo. Un morbo sucio, entre el costumbrismo y la pornografía folklórica, que le cosquilleaba los huevos como si le soplara un ángel salido. Así que aquella tarde, con el camión lleno de pienso para una cooperativa de la zona, decidió desviarse del camino. Se dio un rodeo por un pueblo que ni salía en los mapas buenos, buscando el letrero colgante que decía: “Hogar, dulce hogar”. Lo encontró con facilidad. Aquella casa, encalada, con cortinas de ganchillo y una ristra de ajos en la entrada, no desentonaba en nada. Y sin embargo, según Martín, ahí dentro se escondía un puticlub doméstico, una verbena sexual con madre, padre, crío y abuela incluidos. Antonio aparcó el ...
... tráiler en la explanada de tierra junto al cementerio, levantando una polvareda que quedó flotando como una nube triste sobre las lápidas. Se bajó del camión con su andar de toro viejo, lento pero firme, con las botas pesadas marcando el terreno como quien pisa su casa. Se recolocó la huevera dentro del vaquero con un gesto automático, de esos que hace uno sin pensarlo, y luego se acarició la barriga cervecera con una mano, sudada y morena, mientras con la otra se rascaba el paquete a conciencia. No le importaba ir sucio, ni apestar a sudor ni a cabina cerrada tras horas de carretera. Ni siquiera le molestaba tener el rabo pringoso, con los restos secos de la última faena aún pegados al pellejo. A fin de cuentas, él pagaba. Y cuando uno paga, no está para pedir disculpas ni perfumarse. Bastante tenía con bajarse del camión con los huevos cargados como para encima tener consideración con una puta de pueblo. Que si le tocaba tragarse su apestosa masculinidad, pues que la tragase. Para eso estaba. Para ganarse el pan... y la leche. —A ver si es verdad lo que me contaste, cabronazo —murmuró, pensando en Martín—. Que como me haya metido aquí pa’ná, te quito los dientes con la palanca del gato. Cruzó la calle de tierra y golpeó la puerta con tres toques rotundos, como quien llama a una cuadra. Tardaron poco. La puerta se abrió y allí estaba ella: Jessi. Una cría de no más de veinte, morena, delgadita pero con el culo bien puesto, el pelo recogido en una coleta apretada y ...