1. Antonio el camionero se folla a la Jessi


    Fecha: 04/02/2026, Categorías: Hetero Autor: AntonioSPA, Fuente: TodoRelatos

    ... un vestido ajustado de esos que parecen pintados con brocha. Le marcaba los pezones como si fueran timbres encendidos, tiesos, como llamando a gritos.
    
    Era igualita a como la había descrito Martín, aunque a Antonio le pareció incluso más joven de lo que había imaginado. Una cara de niña traviesa con aires de mujer rodada. O al revés. De esas que no sabes si invitan a pecar o si ya pecan por sistema.
    
    Antonio le echó un buen repaso con la mirada, lento, descarado, sin cortarse un pelo. Como si la lamiera entera con los ojos desde la raíz del pelo hasta los tobillos, deteniéndose con especial gusto en el canalillo, en la cintura estrecha y en ese culo redondo que el vestido moldeaba como un guante de cuero. Y ella, aunque disimulaba, no pudo evitar clavarle los ojos en el paquete que se le marcaba en los vaqueros. Un bulto contundente, sin trampa ni relleno, que colgaba pesadamente hacia una pierna, anunciando faena.
    
    Se cruzaron las miradas apenas un segundo, pero en ese segundo se dijeron lo justo: él venía a lo que venía, y ella… ya sabía lo que tocaba.
    
    —¿Sí? —dijo con tono de hastío.
    
    Antonio no se cortó y siguió mirándola de arriba abajo, lento, como quien evalúa un choto en la feria ganadera.
    
    —¿Tú eres Jessi? —preguntó, ya con media sonrisa canalla.
    
    —Depende. ¿Quién pregunta?
    
    —Uno que viene recomendado por Martín. El del camión grande y la polla como un bote de Pringles. ¿Te suena?
    
    La chavala se rió, se llevó una mano a la boca y ...
    ... asintió.
    
    —Joder… ¿también eres camionero?
    
    —Y de los buenos. Antonio me llaman, guapa. Tengo más kilómetros que un Seat Panda y más pelo en los huevos que en la barba —soltó con una media sonrisa torcida, de esas que huelen a gasoil y a pacharán barato.
    
    Mientras lo decía, se atusó la barba cana con los dedos, lento y chulesco, como si fuera una insignia de veteranía, de las que se ganan en las cunetas de media España. Se la peinó hacia abajo, orgulloso, sacando pecho y barriga con ese aire de macho curtido que no necesita permiso para entrar en ningún sitio… ni en ninguna braga.
    
    Ella se hizo a un lado, dejándole pasar como quien abre la puerta del confesionario a un pecador reincidente.
    
    —Pues pasa, Antonio. Aquí no se discrimina. Eso sí, siéntate primero, que mi madre tiene la merienda preparada. Y luego ya… lo que surja.
    
    Antonio entró y se sintió como en casa. Olía a lejía, chorizo y una mezcla entre perfume barato y sudor añejo que le recordó a los puticlubs de los 90.
    
    —¡Mamá! ¡Otro cliente! ¡Pero este viene de parte de Martín, el que me dejó coja tres días!
    
    —¡Pues que pase, que aún quedan albóndigas! —gritó la madre desde la cocina.
    
    La mesa del comedor era una reliquia, con un hule de frutas, una botella de Don Simón abierta y un cenicero lleno de colillas. Antonio se sentó con las piernas abiertas y el culo a medio fuera del asiento, como buen camionero con el mal recuerdo de almorranas viejas.
    
    —¿Te gusta el gazpacho? —preguntó la madre, apareciendo con un ...
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