-
Se Convirtió en la Puta de un Mendigo - Parte 1
Fecha: 08/02/2026, Categorías: No Consentido Autor: Perla Iglesias, Fuente: TodoRelatos
El sol comenzaba a inclinarse sobre la ciudad, tiñendo el asfalto de tonos dorados y proyectando sombras alargadas entre las motos alineadas frente al café. El aire olía a gasolina, a café recién hecho, a vida apresurada. Entre el murmullo de las conversaciones y el zumbido ocasional de un motor, ella se detuvo. No había vacilación en sus pasos, ni en la manera en que su mirada recorrió la calle antes de posarse en él. El vagabundo estaba allí, como siempre, encorvado contra la pared, su figura desdibujada por capas de ropa gastada y días sin dueño. Su barba, canosa y enmarañada, ocultaba parte de un rostro marcado por el tiempo y el abandono. Pero cuando ella extendió la mano —con un movimiento firme, sin falsa compasión—, algo en él se tensó. No era el billete lo que lo sorprendía, aunque el dinero siempre era bienvenido. Era la manera en que lo hacía: sin condescendencia, sin ese gesto de superioridad que tantos otros llevaban en los ojos. —Tenga un buen día— dijo ella, voz clara, sin adornos. El billete, doblado con pulcritud, descansó en su palma como una promesa. Él apenas asintió, pero sus dedos se cerraron alrededor del papel con más fuerza de la necesaria. "Hay algo en ella…" pensó, mientras la veía alejarse. Y era cierto. Había algo hipnótico en su presencia, en la manera en que ocupaba el espacio sin pedir permiso. Julieta, tenía 24 años, pero su juventud no era esa fragilidad temblorosa de quienes aún buscan su lugar en el mundo. No. La suya ...
... era una juventud tallada, pulida, como si cada decisión, cada paso, hubiera sido esculpido con precisión. Su cabello, rubio platinado, caía en ondas suaves sobre sus hombros, con un desorden estudiado que solo el dinero y el tiempo podían lograr. El flequillo, ligeramente abierto, enmarcaba un rostro que parecía diseñado para romper esquemas: pómulos altos, cejas perfectamente delineadas, labios carnosos pero definidos, como si alguien los hubiera dibujado con trazos deliberados. Sus ojos, de un tono claro que cambiaba con la luz —a veces grises, a veces azules, siempre penetrantes— observaban el mundo con una calma desconcertante. No había prisa en ellos, ni esa ansiedad típica de quienes viven bajo la mirada constante de los demás. Ella no necesitaba aprobación. Simplemente existía, y su existencia era suficiente. Vestía con la elegancia casual de quien sabe exactamente qué imagen quiere proyectar. Un top negro, de un solo hombro, ceñido a su torso como una segunda piel, dejaba al descubierto la curva de su clavícula y un escote discreto pero sugerente. Los jeans celestes, de tiro alto, abrazaban sus caderas con una naturalidad que hacía pensar en estatuas griegas, en líneas perfectas. Un pequeño bolso blanco, colgado con negligencia sobre su hombro, completaba el conjunto, añadiendo un contraste de pureza contra la firmeza de su figura. En ese instante, bajo la luz dorada del atardecer, ella parecía sacada de otro mundo. Un mundo donde el tiempo no dejaba marcas, ...