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Usada en el metro
Fecha: 25/03/2026, Categorías: No Consentido Autor: Gaia, Fuente: TodoRelatos
Era un día cualquiera en la línea de metro de siempre. Nada parecía fuera de lo normal: la misma voz anunciando estaciones, el mismo traqueteo monótono de los vagones, la misma gente con cara de sueño. Ariana, como cada mañana, se subió al tren con los auriculares puestos y el café aún caliente en la mano. No tenía prisa, pero tampoco tiempo que perder. Era una chica normal, de esas que nadie mira dos veces, aunque tenía algo especial sin saberlo. Su pelo pelirrojo le caía en ondas desordenadas sobre los hombros, y sus ojos color miel se perdían mirando por la ventana del metro, aunque solo se viera la oscuridad del túnel. Su piel, clara y llena de pecas, parecía haber sido dibujada por el sol con paciencia. Para Ariana, ese era solo otro día más. Uno de tantos. Pero a veces, incluso los días más normales esconden algo que puede cambiarlo todo. Ese día Ariana llevaba puesto algo muy de ella: unos pantalones cargo color beige, anchos y con bolsillos a los lados, donde a veces metía las manos sin darse cuenta. Los combinaba con una camiseta negra ancha, con un dibujo de una banda que probablemente solo ella conocía. Encima, una chaqueta tipo bomber verde oliva, con los puños algo gastados y un pin pequeño en forma de rayo cerca del bolsillo. En los pies, unas Converse blancas llenas de garabatos en rotulador que había hecho durante alguna clase aburrida años atrás. Su mochila era de tela, con parches cosidos y un llavero en forma de aguacate que le colgaba de la ...
... cremallera. Llevaba el pelo suelto, algo alborotado por el viento, y unos auriculares grandes cubriéndole las orejas. Iba escuchando música y tarareando bajito, como si el resto del mundo no existiera por un momento. Nada de marcas caras ni cosas llamativas. Solo Ariana siendo ella misma. Y, aunque no lo supiera, llamaba la atención sin intentarlo. Cuando escuchaba música, Ariana se alejaba del mundo entero. Era como entrar en una burbuja donde nada ni nadie podía alcanzarla. El murmullo del metro, los anuncios por megafonía, las conversaciones ajenas… todo desaparecía. Solo quedaba la melodía, pegadiza y envolvente, ocupando cada rincón de su cabeza. Estaba de pie en una esquina del vagón, apoyada contra la pared metálica, con los brazos cruzados y la mirada perdida. La chaqueta abierta se movía un poco con el traqueteo del tren, pero ella ni lo notaba. No escuchaba nada más. Ni el crujido de las puertas al cerrarse ni el zumbido de la ciudad despertándose al otro lado del túnel. Solo esa canción que parecía hecha para ella, como si alguien hubiera puesto en acordes lo que no sabía decir en voz alta. En la siguiente parada, las puertas se abrieron con ese sonido sordo y ya familiar, y de pronto una avalancha de gente invadió el vagón. Ariana alzó ligeramente la vista y suspiró. Era lo que menos le gustaba del metro: verse rodeada, apretujada entre desconocidos, sin apenas espacio para respirar. Sintió cómo las personas iban empujando sin querer, buscando un hueco ...