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El círculo. Cap.39 El Centro del Círculo
Fecha: 04/04/2026, Categorías: Infidelidad Autor: Ixchel Diaz M, Fuente: TodoRelatos
Amanecer en Asilah” En la costa Atlántica de Marruecos El viento del Atlántico golpeaba las contraventanas con una cadencia irregular, como si alguien tocara con los nudillos desde afuera. El amanecer apenas delineaba la costa marroquí, recortando con luz dorada los contornos de la antigua ciudad de Asilah. Las gaviotas chillaban lejos. El mar tenía esa calma falsa que precede a una tormenta. Lorenzo se despertó de golpe. El sudor le pegaba la camisa a la espalda. El ventilador giraba sin sonido, lento. Algo se sentía distinto. No sabía qué exactamente. No era el sueño —del cual ya no recordaba nada—, sino una densidad nueva en el aire. Algo estaba mal. Se sentó en la cama, y por un instante, miró la puerta cerrada con esa tensión casi animal de quien ha vivido demasiado tiempo huyendo. Apretó los dientes. Olía a aceite quemado… y a silencio. La mujer marroquí con la que había pasado la noche —una profesora retirada de Casablanca, de voz grave y mirada afilada— solía preparar café antes de que él siquiera abriera los ojos. Cada mañana, el olor a canela, dátiles y cardamomo lo recibía con el tipo de falsa esperanza que solo puede generarse cuando uno ha sobrevivido a demasiadas cosas. Hoy no. Nada. Se levantó descalzo. Caminó hasta el ventanal. Abrió con sigilo. La brisa del mar entró como cuchillo. Desde ahí podía ver el muelle, los barcos dormidos, la costa desierta. A lo lejos, un perro ladraba. Tomó su camisa. Su pistola no estaba en la mesa de ...
... noche. Frunció el ceño. Dejó de respirar. Bajó. La casa estaba extrañamente limpia. Demasiado. Los cojines del salón estaban acomodados, los platos del desayuno ni siquiera asomaban en la cocina. La tetera, seca. Como si nadie hubiera vivido allí en semanas. Un ligero olor a cloro persistía en el aire. “Laila…?” preguntó, apenas audible. Nadie respondió. Pasó por el corredor de mosaico azul. Al fondo, la terraza. Se abrió paso con cuidado. Todo en él se tensó. Su instinto, ese que nunca lo abandonaba, se disparó. Empujó la puerta lentamente. Y entonces, el disparo. El impacto lo tiró como un trapo al suelo. Gritó, más por la sorpresa que por el dolor. Se sujetó la pierna izquierda. Sangre. Mucha. El muslo desgarrado. La camisa se empapaba mientras intentaba presionar. Una figura emergió del marco de la terraza, silueta recortada contra el amanecer. El mercenario. Cara curtida, sin emoción. Chaleco táctico. Barba descuidada. Un viejo parche en el cuello del uniforme. No había rastro de prisa en sus pasos. Solo una calma brutal. Apuntó con un fusil corto. Silenciado. Profesional. Casi quirúrgico. —No grites —dijo—. Ya te oí suficiente durante estas semanas. Lorenzo tragó saliva. No alcanzaba a ver bien por el sol que entraba de frente. El mercenario dejó caer una mochila. De ella sacó una pequeña cámara, la montó en un tripié portátil. Apuntó directo al rostro bañado en sudor de Lorenzo, que se revolvía en el suelo. La transmisión comenzó. Un ...