-
Hospital comarcal (9)
Fecha: 10/04/2026, Categorías: Hetero Autor: Ricardo Lomas, Fuente: TodoRelatos
49 Me tembló la mano en cuanto vi la pantalla. Un zumbido seco, una vibración breve, y ahí estaba: la foto. La cara de Virginia. El pelo revuelto. El vestido negro. Y esas dos palabras que me dejaron helado: Ups. Game over. Al principio no entendí nada. ¿Game over? ¿Qué coño quería decir con eso? La miré más de cerca, tratando de descifrar la broma, la clave oculta en su expresión. Fue entonces cuando lo vi. Apenas una sombra húmeda en el cuello del vestido, un brillo tímido que el flash había delatado. Una mancha blanca, pequeña pero inconfundible. Ahí lo entendí todo. Y el nudo en el estómago se me volvió insoportable. No supe si era rabia, excitación o celos. Quizá las tres cosas a la vez. ¿Por qué me mandaba eso ahora? ¿Qué pretendía? ¿De verdad había perdido el juego, o lo que quería era subirme la apuesta hasta romperme? Lo único que sabía es que me ardía el pecho, y que el corazón me golpeaba como si quisiera reventar las costillas. Lucía se dio cuenta al instante. Yo no soy buen actor, nunca lo he sido. —¿Qué pasa? —preguntó Lucía, ladeando la cabeza con una mezcla de curiosidad y sospecha. Negué rápido, demasiado rápido, con un gesto torpe que no engañaba a nadie. Era evidente que algo se me había ido de las manos. En ese momento llegaron sus amigas. Andrea, Sara y María. Voces altas, risas, olor a perfume mezclado con humo. —Tía, nos vamos ya. Estamos muertas —dijo Andrea, mientras se ajustaba la chaqueta ligera sobre los hombros. Lucía ...
... dudó. Se giró hacia mí, luego a ellas, y otra vez hacia mí. En esos tres segundos supe que estaba decidiendo. —Id vosotras. Yo me quedo un rato más —dijo finalmente, con voz firme. —¿Segura? —preguntó María, con ese tono maternal que tienen loo que no han bebido tanto. —Sí, sí. Voy luego. —Lucía sonrió, aunque la sonrisa era para ellas: sus ojos no se apartaban de mí. Se fueron entre risas y un par de “¡no te fíes de los murcianicos!” malintencionados. Sus voces se disolvieron en el aire denso de la discoteca, dejándonos rodeados por un silencio extraño, hecho de música lejana y una electricidad contenida. Me quedé solo con Lucía, pero mi cabeza estaba a kilómetros de allí. El móvil ardía en mi bolsillo, como si fuera a quemarme la pierna. ¿Por qué coño me había mandado esa foto Vir? ¿Qué pretendía? ¿Hacerme sentir celos? ¿Ponerme contra la pared? ¿Jugar conmigo como lo había hecho Clara, tratándome como un objeto de usar y tirar? No tenía respuestas. Solo un enjambre de preguntas que zumbaban todas a la vez, hasta marearme. Lucía hablaba. Algo de sus amigas, de lo pesadas que eran, de cómo siempre la trataban como si fuese una niña. Pero su voz era un rumor lejano, un ruido de fondo que no lograba atravesar la barrera de mi cabeza. Yo solo veía el rojo gastado del pintalabios de Virginia, la media sonrisa torcida, el brillo húmedo en su cuello. Cada detalle de la foto era veneno puro. Y, en lugar de escupirlo, decidí tragármelo entero. Entonces me giré. Sin ...