1. Todo comenzó con un beso 10


    Fecha: 08/05/2026, Categorías: Incesto Autor: Mandarina, Fuente: TodoRelatos

    Llegamos a Puerto Vallarta justo cuando el calor parecía hervir el asfalto. Después de tantas horas de carretera, el aire olía a mar y gasolina caliente. Sebastián se metió en un fraccionamiento cerrado y manejó hasta una casa enorme al final de una colina, con vista a lo que imaginé era la playa. Era moderna, blanca, con detalles en madera clara y cristal por todas partes. Nada más estacionarnos, me asomé por la ventana y solté una risa.
    
    —¿Ya viste esta casa? —dije, abriendo la puerta antes de que él apagara el motor—. Está increíble.
    
    Él me guiñó un ojo.
    
    —Te dije que valía la pena el viaje.
    
    No mentía.
    
    En cuanto entramos, nos recibió un tipo alto, con barba y tatuajes por todo el brazo izquierdo. Camiseta sin mangas, lentes oscuros, sonrisa fácil.
    
    —¡Ey! Ya llegaron los tortolitos —dijo, levantando la mano—. Soy Manu. Pasen, la casa es suya. Tomen lo que quieran, hay alcohol para morirse, botanas en la cocina, y la alberca está gigante. Arriba hay jacuzzi, por si se ponen románticos.
    
    Me aguanté la risa. "Románticos", claro.
    
    En el salón estaban ya otros dos tipos más: Iván, uno flaco con cara de desvelado y Arturo, otro medio mamado que no paraba de sacudirse el cabello como si tuviera ventilador personal. Y luego, las mujeres. Dos. Una sentada en la barra de la cocina, piernas cruzadas, uñas larguísimas pintadas de negro. Morena, pelo liso, lentes de sol que no se quitaba. Se llamaba Carla. Buen cuerpo, pero se notaba que era del tipo calladita y ...
    ... peligrosa. No le presté mucha atención.
    
    La otra, en cambio… ay, la otra.
    
    Elisa.
    
    Cabello castaño claro, más claro de lo que parecía natural. Largo, ondulado. Tenía ese look de "yo no me esfuerzo, soy así de linda" que da rabia. Shorts blancos, top beige, piel bronceada, sonrisa idiota. Se notaba que era de las que todo mundo voltea a ver apenas entra. Pero yo también sé jugar ese juego.
    
    Me miró de arriba abajo, midiendo. Yo hice lo mismo. Y sí, la perra era linda. Pero yo estaba mejor. Más culona, más cintura, más carita de princesa. Lo supe en cuanto vi cómo se le tensaron los labios. Sabe que soy amenaza. Perfecto.
    
    Después de unos saludos forzados y risitas falsas, Sebastián y yo subimos al cuarto que nos habían asignado. Él dejó la maleta y yo me fui directo al clóset.
    
    —¿Y tú qué vas a ponerte? —me preguntó, quitándose la camiseta.
    
    No respondí. Solo busqué en el fondo de mi maleta hasta encontrarlo: el bikini rojo. Mi arma secreta. Hilo dental, parte de arriba mínima, brillos sutiles. Lo había comprado hace años y nunca me lo puse. Siempre me parecía demasiado. Hoy, no. Hoy, los excesos no importan. Hoy, estoy con él. Y esta vez no pienso pasar desapercibida.
    
    Me vestí con calma, sabiendo que me observaba. Me até el hilo por encima de las caderas, dejando que el corte me partiera el culo sin perdón. La parte de arriba apenas cubría lo justo. Perfecto. Me solté el cabello, un toque de gloss, y ya estaba.
    
    —¿Listo? —pregunté, dándome media vuelta frente a ...
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