1. Todo comenzó con un beso 10


    Fecha: 08/05/2026, Categorías: Incesto Autor: Mandarina, Fuente: TodoRelatos

    ... él.
    
    Casi se le cae la toalla.
    
    —La madre… sí, estoy listo.
    
    Y bajamos.
    
    La fiesta ya estaba en marcha. Música reggaetón a todo volumen —ugh, maldita sea, pero sobreviviré—, botellas abiertas, gente ya medio peda flotando en inflables y otros echados en camastros.
    
    Manu nos ofreció un shot de tequila apenas pisamos la terraza.
    
    —¡Ándele! ¡Salud por los nuevos enamorados!
    
    Todos rieron, Sebastián sonrió, y yo levanté el vasito como reina de primavera.
    
    Después vino el vodka. Luego el whisky. Alguien prendió una bocina arriba y el jacuzzi empezó a burbujear como caldera. Yo nadé un rato, tomando traguitos lentos y dejando que el agua me resbalara por el cuerpo. Más de uno me miraba, eso era obvio, y Sebastián no se despegaba de mí, pero tampoco me tocaba tanto. Estábamos manteniendo ese balance fino de “pareja casual” frente a los demás.
    
    Hasta que Elisa agarró una pistola de agua.
    
    Sí, una puta pistola de agua, de esas de niños, pero llena de whisky. Rió como tonta, se subió al borde de la alberca y empezó a repartir “shots” directo en la boca de todos. Bien divertido. Ja, ja.
    
    Yo me reí con los demás, hasta que vi que iba ya por tercera vuelta y siempre, siempre, terminaba frente a Sebastián.
    
    —¡Otro pa’ ti! —le decía, y le disparaba en la boca como si fuera parte de un show privado.
    
    Él se reía. Obvio. No era para tanto, ¿no?
    
    Eso pensé. Hasta que pasaron como cuatro horas.
    
    El sol bajaba, el calor ya no era tan salvaje, y la perra seguía con su ...
    ... estúpida pistolita, y Sebastián con su sonrisa idiota, tragando whisky directo de la mano de otra. No era solo el juego. Era la forma en que lo miraba. Esa sonrisa de “me vale si tu novia está viendo”. Y claro, yo no decía nada, pero por dentro… ya me estaba subiendo algo más que el alcohol.
    
    Me acomodé el hilo en las caderas, me levanté del camastro, tomé un vasito de tequila y lo bebí de un trago. Me bajé los lentes de sol y miré a Elisa directo, como quien avisa sin decir nada.
    
    —Esta puta —murmuré.
    
    Y no era envidia. No. Era territorio. Era dominio.
    
    Yo me pasé años soñando con este hombre. Pasé noches enteras imaginándome cómo sería despertar con él, besarlo sin miedo, caminar de la mano, cogérmelo sin culpa. Y ahora que lo tengo, que por fin es mío… ¿va a venir una bronceadita con pistolita a ponerse graciosa?
    
    No, mamita. No hoy.
    
    Así que me acerqué, descalza, segura, con la música reventando y el culo moviéndose sin querer. Sebastián me vio y sonrió, ya medio pedo.
    
    —¿Todo bien?
    
    —Perfecto —le dije, pasando un dedo por su pecho mojado—. ¿Y tú?
    
    —Pues ya sabes, shots y piscina…
    
    —Ah, sí —dije, agarrando la pistolita de las manos de Elisa antes de que reaccionara—. Qué idea tan divertida.
    
    —¡Sí! —saltó ella—. Lo estoy llenando con más whisky.
    
    —Ah, no, tranquila —dije con una sonrisa que quemaba—. Ya me encargo yo.
    
    Le apunté a Sebastián, directo a la boca, y le disparé sin aviso. Él se ahogó de la risa mientras tragaba.
    
    —¡Ey! —dijo—. ¡Dale ...
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