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Todo comenzó con un beso 10
Fecha: 08/05/2026, Categorías: Incesto Autor: Mandarina, Fuente: TodoRelatos
... empezar. —No me agrada y no me va a agradar —repetí mientras me desabotonaba la blusa—. Y no te voy a soltar, por si lo dudas. Ni ahorita ni nunca. Me quité el pantaloncito de algodón y quedé solo con el calzón y el sostén. Me acerqué a la cama, pero antes solté la última: —Y dime tú, ¿quién mierda mete shots en una pistola de agua? ¿Qué le pasa? ¿Maldita puta ridícula! ¿Qué es esto, una piñata de adultos? Y ahí, sin aviso, Sebastián se levantó de la cama y se me echó encima. Me empujó contra el colchón con una risa cargada de alcohol y calentura. —Ya, princesa —susurró mientras me sostenía las muñecas—. Calma. —No me calmo ni madre —espeté, retorciéndome debajo de él. —¿Qué pasó? ¿Por qué estás así? —¡Porque estoy enojada, pendejo! —le escupí—. Así que si vas a cogerme, hazlo bien. Dale duro o ni te me acerques. Él se me quedó viendo un segundo, con esa mirada que mezcla deseo y desconcierto. Pero no dijo nada. Solo bajó la cabeza y me mordió el cuello, despacio, como si acabara de aceptar el reto. Y entonces, se dejó ir. Me jaló el calzón con tanta fuerza que lo rompió. Lo escuché desgarrarse al mismo tiempo que sentí sus dedos entrar bruscamente entre mis piernas, tocándome sin compasión. Ya estaba mojada, claro. Estaba así desde que empezó la escena en la alberca. Mi cuerpo tenía hambre aunque mi boca estuviera escupiendo fuego. Se bajó el pantalón y se la sacó, dura, caliente, palpitando. Se me metió sin preparación, sin juego previo, ...
... como quien sabe que la puerta está abierta y va directo a lo suyo. Solté un gemido seco cuando me la clavó hasta el fondo. Él gruñó contra mi oreja mientras empezaba a embestirme con fuerza, sin ritmo, sin ternura, solo puro instinto. Mis piernas se enredaron en su cintura y lo apreté, porque eso era lo que quería. Eso era lo que necesitaba. Cada estocada era una respuesta. A Elisa. A sus putas preguntas. A sus miradas. A sus shots. A su sonrisa falsa. Cada vez que él me empujaba contra el colchón y me la metía más profundo, yo solo pensaba en una cosa: Ojalá escuches, Elisa, bebé. Ojalá estés pegando la oreja a la pared. Ojalá escuches cómo Sebastián me está cogiendo bien sabroso. Él me levantó las piernas y las puso sobre sus hombros. Me tenía completamente expuesta, rendida, abierta para él. Y empezó a darle más duro, más profundo, tanto que la cama ya se movía como si estuviera en un puto temblor. —¿Así te gusta, cabrona? —gruñó, jadeando. —¡Sí! ¡Así! —grité de vuelta, sin miedo a que sus amigos, y especialmente ella, nos escucharan. Él se rio, pero no paró. Me cogía con furia, con ganas, con esa brutalidad que tanto me prendía. No había cariño en sus movimientos. Era deseo puro. Ira mezclada con sexo. Mis tetas rebotaban contra su pecho con cada embestida, y yo lo agarraba del cuello como si necesitara anclarme para no salir volando. Luego me volteó. Me puso de rodillas, me jaló del cabello y me metió la verga otra vez desde atrás. Grité, no ...