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El reencuentro con mi sobrina
Fecha: 10/05/2026, Categorías: Hetero Incesto Autor: martin santome, Fuente: SexoSinTabues30
El aire de la noche era denso, cargado con esa humedad que se aferraba a la piel como un recuerdo que no se quiere dejar ir. Había algo en la quietud del departamento que me envolvía en pensamientos que intentaba apartar. Me encontraba frente al espejo, observando el reflejo de un hombre de casi 45 años, pero las arrugas y las canas aún no habían encontrado su camino a mi piel morena como todo buen colombiano, mi 172 de estatura y mi cuerpo casi atlético me hacían recordar que mis años viviendo en otro país no habían pasado en vano. Me miraba, buscando algo en mis ojos que me recordara quién era antes de todo este caos. A mi sobrina. No podía sacarla de mi cabeza. La conocí cuando aún era una niña. Hace dos años, cuando la separación se hizo inevitable y mi hermana y mi cuñado me dieron cobijo y abuse de su confianza, me prometí que el capítulo de mi vida con ella se cerraría. Pero mi sobrina, ella seguía ahí, como una sombra en los pasillos de mi mente. Ahora, con sus 11 años, era imposible no notar cómo había florecido; no solo en belleza, sino en esa seguridad que exudaba con cada paso. La vi por primera vez después de tres años cuando la desvirgue en verano, en la piscina de un familiar en común. La imagen se quedó grabada: su piel dorada por el sol, gotas resbalando por su cuello hasta perderse en el escote de su bikini. No era solo su cuerpo joven lo que me llamaba, sino la forma en que sus ojos se posaban sobre mí, con una curiosidad que no era la de una niña, ...
... sino la de una mujer. Había algo peligroso en esa mirada, un juego de atracción que ambos fingíamos no entender. Esta noche estaba solo. El ron que bebía me quemaba la garganta, pero esa quemazón no era suficiente para borrar la forma en que mi dulce sobrina me miró la última vez que nos vimos y donde yo le dije que seria mía para siempre. Mis pensamientos eran un enredo de culpabilidad y deseo. Ella era una niña, pero mi conciencia me decía que aún era mi responsabilidad mantener la distancia, por más borrosa que esa línea se hiciera con cada sonrisa suya. Un sonido de mensaje en mi teléfono rompió el silencio. Era ella. Un simple «Hola» que se sentía como una invitación a algo más. Dudé antes de responder, pero finalmente tecleé un “Hola, – respuesta – ¿tío si viniste porque no viniste a verme cómo estás?”. El punto de no retorno estaba a la vuelta de la esquina, y lo sabíamos. Quiso que fuera, dijo, que extrañaba nuestras charlas invisibles en la ventana, las que teníamos cuando aún vivíamos bajo el mismo techo. Acepté sin pensarlo demasiado. Había algo en esa necesidad de verla que no podía controlar, una mezcla de nostalgia y deseo que me empujaba a volver a ella sin importar las consecuencias. Cuando llegue, vestía su acostumbrado leggins, más atrevido de lo que recordaba que le gustaba llevar. Nos sentamos en el sofá, el silencio se instaló entre nosotros como un invitado incómodo. La cercanía de su cuerpo me hacía sentir cada latido de mi corazón, acelerado, ...