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Dios los cría y ellos se juntan
Fecha: 16/05/2026, Categorías: Sexo con Maduras Autor: AlbertoXL, Fuente: TodoRelatos
Serie “Un jefe diligente”: 1. La zorra astuta. 2. El viejo zorro. 3. Dios los cría y ellos se juntan. ___________________ Parte 3. Alfonso. Esta es una historia que escribí hace años. Aunque creo que sigue siendo buena, me gustaría pensar que ha mejorado desde entonces. Como siempre, me encantaría saber qué piensan sobre ella, los personajes, la situación, etc. Es una de mis fantasías íntimas más turbadoras. En fin, me encantaría que mi jefe forzase por el culo a mi esposa mientras yo estoy atado o demasiado borracho para poder hacer nada. Por supuesto se trata solo de una fantasía, no de que en verdad me gustaría verla sufrir un poco. — Adelante, empiecen sin mí —les dije mientras agarraba la correa del perro y miraba hacia la puerta. — ¿Seguro? —preguntó mi jefe con cara de sorpresa— ¿No prefieres que te esperemos? — No, adelante —contesté metiendo la mano bajo el vestido de Lili para realizar una comprobación— Ya está mojada, don Alberto —repliqué guiñándole un ojo para luego mirar a mi esposa y decir: “Haz que nuestro invitado se sienta a gusto, cariño”. Lili sonrió y asintió en silencio. Besé sus deliciosos labios rojos, a juego con aquel sensual vestido de falda larga y abierto por el costado hasta casi la cadera, y luego salí por la puerta. Los tres habíamos pasado la mañana en el centro comercial antes de asistir a un aclamado musical. Alberto y yo disfrutamos viendo a Lili presumir de vestido y nada más. Mi jefe le había ...
... propuesto ir a comprar la lencería e insistió en que saliera de casa llevando sólo el vestido y unos zapatos, pues en Victoria’s Secret escogería algunas cositas que nosotros con gusto le compraríamos. Al escoger asientos en el teatro, Lili se aseguró de colocarse entre Alberto y yo. — Saben, tengo un secreto —nos dijo con timidez, haciéndonos un gesto para que nos acercáramos. Una gran sonrisa se dibujó en su rostro mientras Alberto y yo obedecíamos con entusiasmo, deseando escuchar lo que iba a decirnos. — Cuando salí de la tienda —dijo bajando la voz y recostándose en su asiento—, lo hice sin bragas. Alberto y yo intercambiamos sonrisas de complicidad. — No sé —dijo Alberto con fingido escepticismo—. Creo que tendríamos que confirmarlo, ¿no te parece, Alfonso? — Sin duda. O sea, para disipar cualquier duda, claro está. Lili puso los ojos en blanco juguetonamente en tanto Alberto y yo le poníamos una mano en cada muslo. “Usted primero”, insté a don Alberto con un movimiento de cabeza al que asintió educadamente. Cuando su mano se deslizó bajo el sencillo y elegante vestido de mi esposa, me llamó atención la confianza y seguridad con que mi jefe empezó a acariciarla entre los muslos. Lili respondió separando un poco más las piernas, invitándolo a buscar. Sin embargo, cuando él giró la mano y deslizó los dedos en su interior, ella dejó escapar un pequeño jadeo de sorpresa, tras el cual apoyó la cabeza en el asiento y su pecho empezó a subir y bajar ...